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    - - Historia de los cerillos - -

    Nadie sabe si el fuego se produjo por primera vez frotando una rama contra otra o golpeando un pedazo de hierro con un pedemal, pero lo cierto es que durante miles de años la obtención del fuego no fue nada cómoda. Debió ser el sueño de muchas personas lo que hoy podemos obtener simplemente frotando un cerillo contra la superficie rugosa de la caja que los contiene.

    Los primeros intentos de producir cerillos empezaron en 1669 con el descubrimiento del fósforo. A principios del siglo XIX surgió la idea de emplear pequeños trozos de madera en cuya punta se ponía una mezcla de clorato de potasio y azufre para mejorar la combustión. En 1828 aparecieron en Londres los primeros cerillos; estos consistían en una pequeña burbuja de cristal que contenía una gota da ácido sulfúrico, envuelta en papel impregnado con clorato de potasio y azúcar.

    Al romperse la esfera de vidrio con unas tenazas, surgía una sofocante llama.

    El cerillo que hoy conocernos fue inventado en 1334; empleaba astillas de madera con cabeza de azufre, el cual ardía con ayuda del fósforo y frotamiento. E! fósforo que contenían estos primeros cerillos era conocido como fósforo blanco, que se enciende de forma espontanea, desgraciadamente, debido a la toxicidad de este elemento, los obreros que los fabricaban comenzaron a sufrir graves intoxicaciones, por lo cual fue prohibida su manufactura en 1905.

    En la actualidad se fabrican dos tipos de cerillos, los de fricción, llamados así (porque arden al frotarlos con una superficie rugosa, y los de seguridad, que contienen sulfuro de antimonio, clorato de potasio y azufre. Estos últimos no encenderse más que por fricción en un rascador que contiene fósforo rojo, polvo de vidrio y manganeso. El fósforo rojo es otra variedad del fósforo; no presenta combustión espontanea y tampoco es tóxico.

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    Ética para Amador

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  • El gen egoísta

    - - Sinopsis - -

    "Somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células." Así de rotundo es el comienzo del libro en el que el etólogo Richard Dawkins popularizó la teoría de que los genes son las verdaderas «unidades» centrales de la evolución, en vez de los individuos como los animales o las plantas. De esto hace ya casi treinta años, pues el libro se publicó en 1976. Según Dawkins, los genes primigenios nos crearon a las personas y los animales, quienes somos en realidad meras «máquinas de transmisión». Como máquinas podemos funcionar mejor o peor en nuestro entorno y de este modo continuar la cadena (garantizar la supervivencia y reproducción de los genes) a lo largo del tiempo, o perecer en una selección evolutiva. En su momento fue una forma de ver las cosas al revés sobre muchas ideas tradicionales sobre la evolución centrada en los individuos o las especies (por no hablar respecto a las ideas religiosas al respecto), pero actualmente hay cierto consenso en la comunidad científica sobre que esta idea es la que probablemente más se acerca a la realidad.

    - - 1 - -
    PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1976

    El presente libro debiera ser leído casi como si se tratase de ciencia-ficción. Su objetivo es apelar a la imaginación. Pero esta vez es ciencia. «Más extraño que la ficción» podrá ser o no una frase gastada; sirve, no obstante, para expresar exactamente cómo me siento respecto a la verdad. Somos máquinas de supervivencia, vehículos autómatas programados a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas conocidas con el nombre de genes. Ésta es una realidad que aún me llena de asombro. A pesar de que lo sé desde hace años, me parece que nunca me podré acostumbrar totalmente a la idea. Una de mis esperanzas es lograr cierto éxito en provocar el mismo asombro en los demás.
    Tres lectores imaginarios miraron sobre mi hombro mientras escribía y ahora les dedico el libro a ellos. El primero fue el lector general, el profano en la materia. En consideración a él he evitado, casi en su totalidad, el vocabulario especializado y cuando me he visto en la necesidad de emplear términos de este tipo, los he definido. Me pregunto por qué no censuramos, asimismo, la mayor parte de nuestro vocabulario especializado en nuestras revistas científicas. He supuesto que el lector profano carece de conocimientos especiales, pero no he dado por sentado que sea estúpido. Cualquiera puede difundir los conocimientos científicos si simplifica al máximo. Me he esforzado por tratar de divulgar algunas nociones sutiles y complicadas en lenguaje no matemático, sin por ello perder su esencia. No sé hasta qué punto lo he logrado, ni tampoco el éxito obtenido en otra de mis ambiciones: tratar de que el presente libro sea tan entretenido y absorbente como merece su tema. Durante mucho tiempo he sentido que la biología debiera ser tan emocionante como una novela de misterio, ya que la biología es, exactamente, una novela de misterio. No me atrevo a albergar la esperanza de haber logrado comunicar más que una pequeña fracción de la excitación que esta materia ofrece.
    El experto fue mi segundo lector imaginario. Ha sido un crítico severo que contenía vivamente el aliento ante algunas de mis analogías y formas de expresión. Las frases favoritas de este lector son: «con excepción de», «pero, por otra parte», y «¡uf!». Lo escuché con atención, y hasta rehíce completamente un capítulo en consideración a él, pero al fin he tenido que contar la historia a mi manera. El experto aún no quedará del todo satisfecho con mis soluciones. Sin embargo, mi mayor esperanza radica en que aun él encontrará algo nuevo; una manera distinta de considerar conceptos familiares, quizás, o hasta el estímulo para concebir nuevas ideas propias. Si ésta es una aspiración demasiado elevada, ¿puedo, al menos, esperar que el libro lo entretendrá durante un viaje en tren?
    El tercer lector en quien pensé fue el estudiante, aquel que está recorriendo la etapa de transición entre el profano y el experto. Si aún no ha decidido en qué campo desea ser un experto, espero estimularlo a que considere, una vez más, mi propio campo, el de la zoología. Existe una razón mejor para estudiar zoología que el hecho de considerar su posible «utilidad» o la de sentir una simpatía general hacia los animales. Esta razón es que nosotros, los animales, somos el mecanismo más complicado y más perfecto en cuanto a su diseño en el universo conocido. Al plantearlo de esta manera es difícil comprender el motivo por el cual alguien estudia otra materia. Respecto al estudiante que ya se ha comprometido con la zoología, espero que mi libro pueda tener algún valor educativo. Se verá obligado a recorrer con esfuerzo los documentos originales y los libros técnicos en los cuales se ha basado mi planteamiento. Si encuentra que las fuentes originales son difíciles de asimilar, quizá mi interpretación, que no emplea métodos matemáticos, le sea de ayuda, aceptándola como una introducción, o bien como un texto auxiliar.
    Son obvios los peligros que entraña el intento de llamar la atención a tres tipos distintos de lector. Sólo puedo expresar que he sido muy consciente de estos peligros, pero también me pareció que los superaban las ventajas que ofrecía el intento.
    Soy un etólogo, y este libro trata del comportamiento de los animales. Es evidente mi deuda a la tradición etológica en la cual fui educado. Debo mencionar, en especial, a Niko Tinbergen, quien desconoce hasta qué punto fue grande su influencia sobre mí durante los doce años en que trabajé bajo sus órdenes en Oxford. El término «máquina de supervivencia», aun cuando en realidad no le pertenece, bien podría ser suyo. La etología se ha visto recientemente fortalecida por una invasión de ideas nuevas provenientes de fuentes no consideradas, tradicionalmente, como etológicas. El presente libro se basa, en gran medida, en estas nuevas ideas. Sus creadores son reconocidos en los pasajes adecuados del texto; las figuras sobresalientes son G. G. Williams, J. Maynard Smith, W. D. Hamilton y R. L. Trivers.
    Varias personas sugirieron para el libro títulos que yo he utilizado, con gratitud, como títulos de diversos capítulos: «Espirales inmortales», John Krebs; «La máquina de genes», Desmond Morris; “Gen y parentesco” («Genesmanship», palabra compuesta de genes = genes; man = hombre y la partícula ship que podríamos traducir como afinidad), Tim Clutton-Brock y Jean Dawkins, independientemente, y ofreciendo mis disculpas a Stephen Potter.
    Los lectores imaginarios pueden servir como objetivos de meritorias esperanzas y aspiraciones, pero su utilidad práctica es menor que la ofrecida por verdaderos lectores y críticos. Soy muy aficionado a las revisiones y he sometido a Marian Dawkins a la lectura de incontables proyectos y borradores de cada página. Sus considerables conocimientos de la literatura sobre temas biológicos y su comprensión de los problemas teóricos, junto con su ininterrumpido estímulo y apoyo moral, han sido esenciales para mí. John Krebs también leyó la totalidad del libro en borrador. Conoce el tema mejor que yo, y ha sido magnánimo y generoso en cuanto a sus consejos y sugerencias. Glenys Thomson y Walter Bodmer criticaron, de manera bondadosa pero enérgica, el tratamiento que yo hago de los tópicos genéticos. Temo que la revisión que he efectuado aún pueda no satisfacerles, pero tengo la esperanza de que lo encontrarán algo mejor. Les estoy muy agradecido por el tiempo que me han dedicado y por su paciencia. John Dawkins empleó su certera visión para detectar frases ambiguas que podían inducir a error y ofreció excelentes y constructivas sugerencias para expresar con palabras más adecuadas los mismos conceptos. No hubiese podido aspirar a un «profano inteligente» más adecuado que Maxwell Stamp. Su perceptivo descubrimiento de una importante falla general en el estilo del primer borrador ayudó mucho en la redacción de la versión final. Otros que efectuaron críticas constructivas a determinados capítulos, o en otros aspectos otorgaron su consejo de expertos, fueron John Maynard Smith, Desmond Morris, Tom Maschler, Nick Blurton Jones, Sarah Kettlewell, Nick Humphrey, Tim Glutton-Brock, Louise Johnson, Christopher Graham, Geoff Parker y Robert Trivers. Pat Searle y Stephanie Verhoeven no sólo mecanografiaron con habilidad sino que también me estimularon, al parecer que lo hacían con agrado. Por último, deseo expresar mi gratitud a Michael Rodgers de la Oxford University Press, quien, además de criticar, muy útilmente, el manuscrito, trabajó mucho más de lo que era su deber al atender a todos los aspectos de la producción de este libro.
    RICHARD DAWKINS

    - - 2 - -
    PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1989

    En la docena de años transcurridos desde la publicación de El gen egoísta, su mensaje central se ha transformado en ortodoxia en los libros de texto. Esto es paradójico, si bien no de manera obvia. No fue uno de esos libros tachados de revolucionarios cuando se publican y que van ganando conversos poco a poco hasta convertirse en tan ortodoxo que ahora nos preguntamos el porqué de la protesta. Por el contrario, al principio las críticas fueron gratificantemente favorables y no se consideró un libro controvertido. Con el tiempo aumentó su fama de conflictivo, y hoy día suele considerarse una obra radicalmente extremista. Sin embargo, al mismo tiempo que ha aumentado su fama de radical, el contenido real del libro parece cada vez menos extremista, más y más moneda corriente.
    La teoría del gen egoísta es la teoría de Darwin, expresada de una manera que Darwin no eligió pero que me gustaría pensar que él habría aprobado y le habría encantado. Es de hecho una consecuencia lógica del neo-darwinismo ortodoxo, pero expresado mediante una imagen nueva. Más que centrarse en el organismo individual, adopta el punto de vista del gen acerca la naturaleza. Se trata de una forma distinta de ver, no es una teoría distinta. En las páginas introductorias de The Extended Phenotype lo expliqué utilizando la metáfora del cubo de Necker.

    Se trata de un dibujo bidimensional, trazado con tinta sobre papel, pero se percibe como un cubo transparente tridimensional. Mírelo unos pocos segundos y cambiará para orientarse en una dirección diferente. Continúe mirándolo y volverá a tener el cubo original. Ambos cubos son igualmente compatibles con los datos bidimensionales de la retina, de modo que el cerebro los alterna caprichosamente. Ninguno es más correcto que el otro. Mi punto de vista fue que existen dos caminos de considerar la selección natural, la aproximación desde el punto de vista del gen y la aproximación desde el individuo. Entendidos apropiadamente son equivalentes, son dos visiones de la misma verdad. Podemos saltar de uno al otro y será todavía el mismo neo-darwinismo.
    Pienso ahora que esta metáfora fue demasiado cautelosa. Más que proponer una nueva teoría o descubrir un nuevo hecho, con frecuencia la contribución más importante que puede hacer un científico es descubrir una nueva manera de ver las antiguas teorías y hechos. El modelo del cubo de Necker es erróneo debido a que sugiere que las dos maneras de verlo son igual de buenas. Efectivamente, la metáfora es parcialmente cierta: “los puntos de vista”, a diferencia de las teorías, no se pueden juzgar mediante experimentos; no podemos recurrir a nuestros criterios familiares de verificación y refutación. Sin embargo, un cambio del punto de vista, en el mejor de los casos, puede lograr algo más elevado que una teoría. Puede conducir a un clima general de pensamiento, en el cual nacen teorías excitantes y comprobables, y se ponen al descubierto hechos no imaginados. La metáfora del cubo de Necker ignora esto por completo. Percibe la idea de un cambio del punto de vista pero falla al hacer justicia a su valor. No estamos hablando de un salto a un punto de vista equivalente sino, en casos extremos, de una transfiguración.
    Me apresuraré a afirmar que no incluyo mi modesta contribución en ninguna de estas categorías. Sin embargo, por este tipo de razón prefiero no establecer una separación clara entre la ciencia y su “divulgación”. Exponer ideas que previamente sólo han aparecido en la literatura especializada es un arte difícil. Requiere nuevos giros penetrantes del lenguaje y metáforas reveladoras. Si se impulsa la novedad del lenguaje y la metáfora suficientemente lejos, se puede acabar creando una nueva forma de ver las cosas. Y una nueva forma de ver las cosas, como acabo de argumentar, puede por derecho propio hacer una contribución original a la ciencia. El propio Einstein no estuvo considerado como un divulgador y yo he sospechado con frecuencia que sus vivas metáforas hacen más que ayudarnos al resto de nosotros. ¿No alimentarían también su genio creativo?
    El punto de vista del gen acerca del darwinismo está implícito en los escritos de R. A. Fisher y otros grandes pioneros del neo-darwinismo de principios de la década de los años treinta, si bien se hizo explícito en la década de los sesenta de la mano de W. D. Hamilton y G. C. Williams. Para mí su percepción tuvo carácter visionario. Sin embargo, encontré que sus expresiones eran demasiado lacónicas, no suficientemente asimilables. Estaba convencido de que una versión ampliada y desarrollada podía poner en su sitio todas las cosas referentes a la vida, tanto en el corazón como en la mente. Escribiría un libro acerca del punto de vista del gen con respecto a la evolución. Debería concentrar sus ejemplos en el comportamiento social para ayudar a corregir el inconsciente seleccionismo de grupo que pervivía en el darwinismo popular. Empecé el libro en 1972, cuando los cortes de corriente resultantes de los conflictos en la industria interrumpían mis investigaciones en el laboratorio. Por desgracia (desde este punto de vista) los apagones acabaron después de haber redactado únicamente dos capítulos, y arrinconé el proyecto hasta que disfruté de un año sabático en 1975. Mientras tanto, la teoría se había propagado de manera notable gracias a John Maynard Smith y Robert Trivers. Ahora veo que era uno de esos períodos misteriosos en los que las nuevas ideas están flotando en el aire. Escribí El gen egoísta en algo parecido a un arrebato de excitación.
    Cuando Oxford University Press se puso en contacto conmigo para publicar una segunda edición, insistieron en que era inadecuado realizar una revisión exhaustiva convencional página a página. Existen muchos libros que, desde su concepción, están destinados obviamente a tener ediciones sucesivas, pero El gen egoísta no era de este tipo. La primera edición se impregnó del frescor de los tiempos en que fue escrita. Se vivían aires de revolución, de un amanecer maravilloso al estilo de Wordsworth. Era una lástima modificar un hijo de aquellos tiempos, engrosándolo con nuevos hechos o arrugándolo con complicaciones y advertencias. Así pues, el texto original permanecería con sus imperfecciones y sus opiniones sexistas. Las notas finales abarcarían las correcciones, respuestas y desarrollos. Y habría capítulos completamente nuevos sobre temas cuya novedad alimentaría en los nuevos tiempos el amanecer revolucionario. El resultado han sido los capítulos XII y XIII. Para escribirlos me he inspirado en los dos libros aparecidos en este campo que he encontrado más excitantes durante los años transcurridos: The Evolution of Cooperation, de Robert Axelrod, que parece ofrecer una cierta esperanza a nuestro futuro, y mi propia obra The Extended Phenotype, que me ha absorbido estos años y que probablemente es lo mejor que he escrito nunca.
    El título del capítulo XII, “Los buenos chicos acaban primero” está tomado del programa de televisión Horizon, de la BBC, que presenté en 1985. Se trataba de un documental de cincuenta minutos acerca de aproximaciones mediante la teoría de juegos a la evolución de la cooperación, producido por Jeremy Taylor. La realización de esta película y de otra, The Blind Watchmaker, con la misma productora, hizo que adquiriese un nuevo respeto por estos profesionales de la televisión. Los productores de Horizon se vuelven estudiantes expertos avanzados de los temas que tratan. El capítulo XII debe más que su título a mis experiencias trabajando en estrecha colaboración con Jeremy Taylor y su equipo de Horizon, y les estoy agradecido por ello.
    Recientemente he tenido noticia de un hecho desagradable: existen científicos influyentes que tienen la costumbre de poner sus nombres en publicaciones en cuya elaboración no han tomado parte. Al parecer, algunos científicos de renombre reclaman sus derechos de autor en un trabajo cuando toda su contribución ha consistido en conseguir instalaciones, obtener fondos y realizar una lectura del manuscrito. ¡Por lo que sé, las famas de ciertos científicos se pueden haber cimentado en el trabajo de sus estudiantes y colegas! No sé qué se puede hacer para luchar contra esta falta de honradez. Posiblemente los editores de las revistas deberían pedir declaraciones juradas acerca de cuál ha sido la contribución de cada autor. Sin embargo, esto está fuera de lugar. La razón que me ha impulsado a poner de relieve este asunto aquí es el contraste. Helena Cronin ha hecho tanto por mejorar cada línea —cada palabra— de los nuevos capítulos de este libro, que si no fuera por su firme rechazo la hubiera mencionado como coautora de los mismos. Le estoy profundamente agradecido y siento que todo mi agradecimiento tenga que limitarse a estas líneas. Doy también las gracias a Mark Ridley, Marian Dawkins y Alan Grafen por sus consejos y su crítica constructiva acerca de aspectos particulares. Thomas Webster, Hilary McGlynn y otras personas de la Oxford University Press toleraron mis caprichos y mis dilaciones.
    RICHARD DAWKINS

  • El libro de las almas

    - - Sinopsis - -
    La nueva novela del autor de La biblioteca de los muertos plantea un nuevo y aún más estremecedor reto: Encontrar un libro que revela el destino último de la humanidad.
    ¿Qué harías si conocieras la fecha del fin del mundo? Cuando un hombre a las puertas de la muerte encarga a Will Piper la búsqueda de un libro, el ex agente del FBI no lo duda un instante. Un libro antiguo en el que va a descubrir un secreto estremecedor: una misteriosa epístola escrita por Félix, el último superior de la abadía de Vectis, deja constancia de los extraños acontecimientos relacionados con la biblioteca de los muertos y revela la naturaleza de la última fecha registrada: el 9 de febrero de 2027... el fin de la humanidad.
    Will deberá enfrentarse, entonces, a un dilema moral de difícil solución: revelar a la humanidad una verdad aterradora o callar para siempre.

    - - Capítulo 1 - -

    A Will Piper nunca se le habían dado bien los bebés que lloraban, y menos aún los suyos. Tenía un recuerdo vago del bebé llorón número uno, de hacía un cuarto de siglo. En aquella época era un joven ayudante del sheriff de Florida al que le asignaban los peores turnos. Cuando llegaba a casa por la mañana, su hija de pocos meses ya estaba despierta y dando guerra con su rutina de bebé feliz. Cuando Laura empezaba a berrear en las raras ocasiones en que Will y su mujer pasaban la noche juntos, él mismo soltaba un gemido y se quedaba dormido antes de que Melanie hubiese sacado el biberón del calentador. Will no cambiaba pañales. Will no daba comidas. Will no apaciguaba llantos. Y se había marchado para siempre antes de que Laura cumpliese dos años.
    Pero habían pasado dos matrimonios y toda una vida desde entonces, y ahora él era un hombre distinto, o al menos eso quería creer. Había dejado que lo convirtieran en algo parecido a un padre neoyorquino metrosexual del siglo XXI con todo lo que ello comporta. Si en el pasado había sido capaz de acudir a los escenarios de crímenes y tocar carne en descomposición, ahora podía cambiar un pañal. Si era capaz de realizar un interrogatorio a pesar de los sollozos de la madre de la víctima, podía enfrentarse al llanto de un bebé.
    Lo cual no significaba que tuviera que gustarle.
    Su vida había sido una sucesión de fases nuevas y hacía un mes que había iniciado la más nueva de todas, que combinaba jubilación con paternidad a tiempo completo. Solo habían transcurrido dieciséis meses desde el día en que se retiró repentinamente del FBI hasta el día en que Nancy volvió precipitadamente al trabajo tras la baja de maternidad. Esto lo dejaba a solas con su hijo, Phillip Weston Piper, al menos durante breves períodos. Su presupuesto no daba para pagar a una niñera más de treinta horas por semana, de modo que durante unas horas al día él tenía que apañárselas solo.
    Este cambio de vida no era moco de pavo. Durante buena parte de sus veinte años en el FBI, Will había sido un criminólogo de primera fila, uno de los mejores cazadores de asesinos en serie de su tiempo. De no ser por lo que él llamaba sus «deslices personales», habría podido retirarse a lo grande, con toda clase de condecoraciones y un buen cargo honorífico como asesor de justicia penal.
    Sin embargo, su debilidad por el alcohol y las mujeres, amén de su obstinada falta de ambición, habían torpedeado su carrera y lo habían llevado fatídicamente a ocuparse del caso del Juicio Final. Para el resto del mundo, el caso seguía sin resolverse, pero él conocía la verdad. Lo había resuelto, pero había tenido que pagar un precio muy alto por ello.
    El resultado había sido una jubilación anticipada forzosa, un encubrimiento negociado y varias páginas repletas de cláusulas de confidencialidad. Lo único que había conseguido era salir con vida, y por los pelos.
    La parte positiva era que el destino lo había unido a Nancy, su joven compañera en el caso del Juicio Final, la cual le había dado su primer hijo varón. Este tenía ya seis meses y, al percibir la ausencia de su madre cuando la puerta del apartamento se cerró tras ella, se puso a ejercitar los pulmones a conciencia.
    Afortunadamente, los berridos de Phillip Weston Piper se aplacaron un poco cuando lo meció en sus brazos, pero se reanudaron en el momento en que su padre lo acostó de nuevo en su cuna. Deseando con todas sus fuerzas que el pequeño Phillip se agotara enseguida, Will salió muy despacio de la habitación. Puso en el televisor el canal de noticias por cable y subió el volumen para amortiguar los enervantes chillidos de su vástago.
    Pese a su insomnio crónico, Will tenía la cabeza sorprendentemente despejada desde hacía unos días, gracias a la separación voluntaria de su colega Johnnie Walker. Guardaba la botella ceremonial de dos litros de Black Label, llena hasta tres cuartas partes, en el mueble sobre el que estaba el televisor. No era uno de aquellos borrachos rehabilitados que tenían que purgar de alcohol toda su casa. A veces cogía la botella, le guiñaba un ojo, discutía o charlaba un poco con ella. La provocaba más que ella a él. No asistía a sesiones de Alcohólicos Anónimos ni había buscado a «alguien con quien hablar». ¡Ni siquiera había dejado de beber! Con frecuencia se tomaba un par de cervezas o una copa generosa de vino, e incluso se le iba un poco la cabeza cuando tenía el estómago vacío. Simplemente se había prohibido a sí mismo tocar aquel néctar —ahumado, hermoso, ambarino—; era su amor, su enemigo. Le daba igual lo que dijeran los manuales sobre los adictos y la abstinencia. Podía cuidarse solo y se había prometido a sí mismo y a su flamante esposa que no volvería a beber hasta perder el sentido.
    Se sentó en el sofá con sus grandes manos apoyadas lánguidamente sobre los muslos desnudos. Estaba listo para salir a correr, con su pantalón corto, su camiseta y sus zapatillas. La niñera volvía a retrasarse. Will se sentía atrapado, al borde de la claustrofobia. Pasaba demasiado tiempo en aquella pequeña celda con suelo de parquet. Pese a sus buenas intenciones, estaba a punto de estallar. Intentaba hacer lo correcto, cumplir con sus compromisos y todo eso, pero cada día se sentía más inquieto. Nueva York siempre le había resultado irritante y últimamente le provocaba náuseas.
    El timbre lo salvó de las tinieblas. Un minuto después, la canguro trol, como él la llamaba (aunque no a la cara), entró despotricando del transporte público en lugar de disculparse. Leonora Monica Nepomuceno, una filipina de metro y medio de estatura, tiró su bolsa de plástico sobre la encimera de la cocina americana, se fue directa hacia el bebé que lloraba y apretó el cuerpecillo tenso de la criatura contra sus senos desproporcionados. La mujer, a la que Will echaba unos cincuenta años, era tan poco atractiva físicamente que, cuando él y Nancy se enteraron de que su apodo era «Campanilla», rieron a carcajadas hasta caer rendidos.
    —Ay, ay —arrulló la niñera al bebé—. Tu tía Leonora está aquí. Ya puedes dejar de llorar.
    —Voy a correr un rato —anunció Will con el ceño fruncido.
    —Que sea un rato largo, señor Will —le recomendó Campanilla.
    Salir a correr a diario se había convertido en parte de la rutina de jubilado de Will, un componente de su nueva vida. Hacía años que no estaba tan esbelto y fuerte; solo pesaba cinco kilos más que cuando había jugado al fútbol americano en Harvard. Estaba a punto de cumplir los cincuenta, pero aparentaba menos edad gracias a su dieta libre de whisky. Tenía un cuerpo robusto y atlético, una mandíbula firme, una juvenil mata de pelo castaño rojizo y unos ojos azules con un brillo de locura. Cuando llevaba su pantalón corto de nailon para hacer footing, las mujeres, incluso las jóvenes, volvían la cabeza para mirarlo. Nancy seguía sin acostumbrarse a aquello.
    Una vez en la calle, se dio cuenta de que el veranillo de San Martín había pasado y hacía un frío incómodo. Mientras estiraba las pantorrillas y los tendones de Aquiles apoyado en una señal de tráfico, se planteó la posibilidad de subir un momento al piso para ponerse un chándal.
    Entonces vio la caravana al otro lado de la calle Veintitrés Este. El vehículo arrancó, expulsando gases diesel por el tubo de escape.
    Will había dedicado gran parte de los últimos veinte años a seguir y observar. Sabía cómo pasar inadvertido. El tipo de la caravana no sabía o le daba igual. Will se había fijado la noche anterior en aquel cacharro, que había pasado frente a su edificio a menos de diez kilómetros por hora, entorpeciendo el tráfico y provocando un concierto de bocinazos. Era difícil no reparar en aquel Beaver de gama alta, un vehículo mastodóntico de trece metros y de color azul marino, con laterales extensibles y ondas pintadas en gris y carmesí. Will había pensado: «¿Quién diablos conduce una autocaravana de medio millón de dólares por el bajo Manhattan a paso de tortuga, buscando una dirección? Si la encontrara, ¿dónde iba a aparcar ese mamotreto?». Pero fue la matrícula lo que disparó todas las alarmas.
    Nevada. ¡Nevada!
    Por lo visto, el tipo había encontrado un lugar para aparcar la noche anterior, al otro lado de la calle, pocos metros al este del edificio de Will; una hazaña prodigiosa, desde luego. El corazón le latía a toda velocidad, aunque aún no había arrancado a correr. Hacía meses que había perdido la costumbre de cuidarse las espaldas.
    Grave error, al parecer. «Matrículas de Nevada. Venga ya», pensó.
    Por otro lado, aquel no era el modus operandi de los vigilantes. No irían a por él en una caravana reconvertida en un carro de combate de andar por casa. Si alguna vez se decidieran a pillarlo en la calle, él no los vería venir. Eran profesionales, joder.
    La calle era de doble sentido, y la autocaravana estaba orientada hacia el oeste. Will solo tenía que correr en la dirección opuesta, hacia el río, y doblar algunas esquinas para perder de vista el vehículo. Pero entonces no sabría si alguien lo había elegido como presa o no, y no le gustaba quedarse con la duda. Así que echó a correr hacia el oeste, no muy deprisa, para facilitarle las cosas al tipo.
    La autocaravana abandonó el lugar donde estaba aparcada y lo siguió. Will apretó el paso, en parte para ver cómo reaccionaba el conductor, en parte para entrar en calor. Llegó al cruce con la Tercera Avenida y se quedó trotando sin avanzar, esperando a que el semáforo para peatones se pusiera verde. La autocaravana estaba unos treinta metros más atrás, tenía delante una fila de taxis. Will se puso la mano a modo de visera. A través del parabrisas alcanzó a distinguir la figura de dos hombres. El que iba al volante llevaba barba.
    Cuando reanudó la marcha, Will cruzó la calle corriendo y siguió adelante esquivando a los pocos viandantes que circulaban por la acera. Por el rabillo del ojo, vio que la autocaravana continuaba avanzando por la calle Veintitrés, pero eso no demostraba nada. La prueba definitiva llegó en Lexington, cuando él torció a la izquierda y enfiló hacia el sur. Efectivamente, el vehículo también giró.
    «La cosa se pone caliente —pensó Will—.Al rojo vivo.»
    Su destino era Gramercy Park, una plaza arbolada y rectangular situada a unas manzanas del centro de la ciudad. Las calles que la delimitaban eran todas de sentido único. Si lo estaban persiguiendo, se divertiría un rato.
    Lexington desembocaba delante del parque, en la calle Veintiuno, donde el tráfico circulaba en sentido oeste. Will corrió hacia el este, por la parte exterior de la vega del parque. La autocaravana tuvo que tomar la dirección contraria y unirse al flujo de vehículos.
    Will empezó a correr por el perímetro del parque en el sentido de las agujas del reloj. Cada vuelta le llevaba unos pocos minutos. Vio que el conductor de la caravana las pasaba moradas con los giros cerrados a la izquierda, que hacían que rozara los coches aparcados en las esquinas.
    Que lo estuvieran siguiendo no tenía ninguna gracia, pero Will no podía evitar sonreír, divertido, cada vez que la gigantesca caravana lo pasaba de largo en su circuito contrario a las agujas del reloj. Aprovechaba cada encuentro para echar un vistazo a sus perseguidores. Aunque no le parecían demasiado amenazadores, uno nunca podía estar seguro. Definitivamente, aquellos payasos no eran vigilantes, pero había otras personas que le tenían ganas. Había puesto entre rejas a muchos asesinos. Los asesinos tenían familia. La venganza era un asunto familiar.
    El conductor era un tipo mayor, de pelo más bien largo y una barba de color ceniza. Por la cara mofletuda y los hombros abultados dedujo que era un hombre corpulento. El que iba en el asiento del copiloto era alto y delgado, también de cierta edad, con unos ojos abiertos como platos que lanzaban miradas furtivas a Will. El que iba al volante se negaba tozudamente a establecer contacto visual, como si de verdad creyera que él no los había calado.
    En su tercera vuelta, Will avistó a dos agentes de la policía de Nueva York que patrullaban a pie por la calle Veinte. La zona de Gramercy Park era muy exclusiva; era el único parque privado de Manhattan. Quienes residían en los edificios circundantes tenían llave de la verja de hierro forjado y era muy notoria la presencia de la policía, que merodeaba por allí a la caza de atracadores y de pervertidos. Will se les acercó jadeando.
    —Agentes. Esa caravana de ahí. La he visto detenerse. El conductor estaba acosando a una niña pequeña. Creo que intentaba convencerla de que subiera.
    Los polis lo escucharon con cara de póquer. El monótono acento sureño de Will siempre minaba su credibilidad. Había recibido muchas miradas de extrañeza en Nueva York.
    —¿Está seguro?
    —Soy ex agente del FBI.
    Will se quedó a mirar unos minutos. Los polis se plantaron en medio de la calle e hicieron que la caravana se detuviera agitando las manos. Entonces Will se marchó. Sentía curiosidad, por supuesto, pero quería dirigirse al río para dar su vuelta de siempre. Además, tenía la corazonada de que volvería a ver a aquellos individuos.
    Por si las moscas, cuando llegara a casa sacaría la pistola del cajón del tocador y la engrasaría un poco.

    - - Capítulo 2 - -

    Will se alegró de tener varios recados y tareas de los que ocuparse. A primera hora de la tarde, pasó por el colmado, la carnicería y la vinatería sin ver la gran caravana azul ni una sola vez. Lenta y metódicamente, picó las verduras, machacó las especias y doró la carne. Pronto el aroma a chile con carne, marca de la casa inundó la microscópica cocina y el apartamento entero. Era el único plato que siempre le salía bien y que preparaba cuando tenía invitados a cenar.
    Phillip estaba dormido cuando Nancy llegó a casa. Will le indicó con un gesto que no hiciera ruido antes de darle un abrazo de primer año de matrimonio, de aquellos en los que uno deja que las manos exploren.
    —¿Cuándo se ha ido Campanilla?
    —Hace una hora. El se ha pasado el día durmiendo.
    —Lo he echado tanto de menos... —Intentó soltarse de Will—. ¡Quiero ir a verlo!
    —¿Y yo qué?
    —Él es el número uno. Tú eres el número dos.1
    Will la siguió hasta el dormitorio y la contempló mientras ella se inclinaba sobre la cuna y agitaba primero una pierna y después la otra para quitarse los zapatos. Ya lo había notado antes, pero cobró plena conciencia de ello en aquel momento: Nancy había adquirido una serenidad, una belleza femenina y madura que, francamente, lo había pillado por sorpresa. Will solía recordarle con picardía que cuando los habían emparejado para investigar el caso del Juicio Final, ella no lo volvía precisamente loco de deseo. Por aquel entonces, estaba más bien rellenita y se comportaba como una completa novata: tenía un empleo nuevo, mucho estrés, malos hábitos y cosas por el estilo. Lo cierto era que a Will siempre le habían ido más las chicas tipo modelo de lencería. En su época de estrella del fútbol adolescente se le habían grabado en la mente los cuerpos de las animadoras del mismo modo que a los patitos se les queda grabada la mamá pata. Desde entonces, a lo largo de toda su vida, cada vez que veía un cuerpo estupendo intentaba seguirlo.
    En realidad, nunca había mirado a Nancy con interés hasta que una dieta estricta le había dado una figura más apetecible. «Vale, soy un tipo superficial», habría reconocido si alguien le hubiera hecho algún comentario al respecto. Pero el físico no había sido el único impedimento para el amor. Él había tenido que iniciarla en el cinismo. Al principio, su personalidad de recién graduada de la academia, entusiasta y ansiosa por complacer a los demás, lo ponía enfermo, como un virus intestinal. Pero era un profesor bueno y paciente, y bajo su tutela ella había aprendido a cuestionar la autoridad, a torear la burocracia y a vivir al borde del abismo en general.
    Un día, agobiado por las complicaciones del caso del Juicio Final, Will había caído en la cuenta de que aquella mujer lo trastornaba, le tocaba todas las fibras. Se había puesto muy guapa. Su baja estatura había llegado a resultarle sexy, puesto que le permitía envolverla entre sus brazos y sus piernas casi hasta hacerla desaparecer. Le gustaba la textura sedosa de su cabello castaño, la forma en que se ruborizaba hasta el esternón, la risita que se le escapaba cuando hacían el amor. Era lista y descarada.
    Sus conocimientos enciclopédicos de arte y su cultura eran fascinantes incluso para un hombre cuyo concepto de cultura era una peli de spiderman. Por si fuera poco, a Will incluso le caían bien sus padres.
    Estaba listo para enamorarse.
    Y entonces el asunto de Área 51 y la Biblioteca habían acaparado su atención y le habían dado el empujón definitivo. Lo habían llevado a replantearse su vida y a pensar en sentar la cabeza.
    Nancy había sobrellevado el embarazo como una campeona, comiendo cosas saludables y haciendo ejercicio todos los días casi hasta el momento de romper aguas. Tras el parto, adelgazó rápidamente y recuperó la forma. Se había propuesto mantener el tipo y borrar los rastros de la maternidad como un objetivo profesional. Sabía que el FBI no la discriminaría abiertamente, pero quería asegurarse de que no la trataran, ni siquiera de forma sutil, como a una ciudadana de segunda que luchaba inútilmente por mantenerse a flote en el mar de testosterona de hombres jóvenes y dinámicos.
    El resultado final de todo este flujo físico y emocional fue una maduración de mente y cuerpo. Nancy volvió al trabajo más fuerte y segura de sí misma que antes, con una estabilidad emocional sólida y fría como el mármol. Así lo comunicaba a sus amigas: el marido y el bebé se comportaban, todo iba bien.
    Según la versión de Nancy, enamorarse de Will había sido algo absolutamente previsible. Su encanto de chico malo, peligroso y macizo la había atraído tanto como la luz a una polilla y resultaba igual de mortífero. Pero Nancy no iba a dejarse achicharrar. Era una chica dura y espabilada. Había llegado a acostumbrarse a la diferencia de edad —de diecisiete años—, pero no a la diferencia de actitud. Estaba dispuesta a pasar por alto las diabluras, pero se negaba a convivir permanentemente con una Bola de Demolición, el sobrenombre que Laura, la hija de Will, le había puesto en honor a los años de matrimonios y relaciones destrozados.
    Ella no sabía si la afición de Will a la bebida era una causa o un efecto, ni le importaba, pero era algo tóxico, por lo que le había hecho prometer que lo dejaría. También le había hecho prometer que le sería fiel, que le permitiría progresar en su carrera y que se quedarían en Nueva York al menos hasta que ella consiguiera un traslado a algún sitio que les pareciera razonable a los dos. No le había obligado a prometer que sería un buen padre; intuía que eso no sería un problema.
    Entonces había aceptado su proposición de matrimonio, con los dedos cruzados.
    Mientras Nancy se echaba una siesta junto al bebé, Will terminó de preparar la cena y, para celebrarlo, remojó el gaznate con una copita de merlot. El arroz humeaba y la mesa estaba puesta cuando llegaron su hija y su yerno, muy puntuales.
    A Laura se le empezaba a notar el embarazo; estaba radiante y feliz. Parecía un espíritu libre y grácil, una hippy moderna con su vestido vaporoso y sus botas ajustadas de caña alta. En realidad, pensó Will, su aspecto era muy parecido al de su madre hacía una generación. Habían enviado a Greg a Nueva York a cubrir una noticia para el Washington Post. La empresa pagaba el hotel y Laura se había apuntado al viaje para darse un respiro tras completar su segunda novela. La primera, Bola de Demolición, ligeramente basada en el divorcio de sus padres, estaba vendiéndose relativamente bien y había recibido buenas críticas.
    A Will el libro seguía causándole dolor y, para colmo, cada vez que miraba su ejemplar, orgullosamente expuesto sobre una mesita en el cuarto de estar, no podía evitar pensar en el papel que había tenido en la solución del caso del Juicio Final. Sacudía la cabeza con la mirada perdida y entonces Nancy sabía hacia dónde vagaban sus pensamientos.
    Will se percató de que Greg estaba de mal humor antes de que cruzara el umbral, así que se apresuró a ponerle una copa de vino en la mano.
    —Anímate —le dijo cuando Laura y Nancy se fueron al dormitorio para disfrutar un rato con el bebé—. Si yo soy capaz, tú también.
    —Estoy bien.
    No lo parecía. Greg siempre había tenido un aspecto enjuto, hambriento, con las mejillas hundidas, la nariz angulosa y un hoyuelo profundo en la barbilla; el tipo de cara que arrojaba sombras sobre sí misma. Daba la impresión de que no se peinaba nunca. A Will le parecía la caricatura de un periodista beat cargado de cafeína y falto de sueño que se tomaba demasiado en serio a sí mismo. Aun así, era un buen tipo. Cuando Laura se quedó embarazada, Greg estuvo a la altura y se casó con ella sin nada de preguntas ni melodramas. Dos bodas Piper en un año. Dos bebés.
    Los hombres se sentaron. Will le preguntó a Greg en qué estaba trabajando. Este le contó algo con voz monótona acerca de algún foro sobre el cambio climático y ambos se aburrieron enseguida. Greg estaba atravesando el bache del principio de la vida laboral. Aún no había encontrado una noticia a la que pudiera agarrarse para darle a su carrera el impulso que necesitaba. Will lo tenía bien presente cuando Greg preguntó por fin:
    —Bueno, Will, la última vez que oí hablar del asunto, no se había sacado nada en claro del caso Juicio Final.
    —Pues no. Nada.
    —No llegó a resolverse.
    —No. Nunca.
    —Los asesinatos cesaron, sin más.
    —Sí. Así fue.
    —¿No te parece un poco raro?
    Will se encogió de hombros.
    —Llevo más de un año fuera del caso.
    —Nunca me contaste qué pasó, ni por qué te retiraron del caso, ni por qué dictaron una orden de detención contra ti, ni cómo se arregló todo.
    —Tienes razón, nunca te lo conté. —Se levantó—. Voy a remover un poco ese arroz, porque si no tendremos que comérnoslo con escoplo. —Dejó solo a Greg en la sala, tomándose su vino con aire taciturno.
    Durante la cena, Laura estaba exultante. Tenía las hormonas en plena efervescencia, sobre todo después de acunar a Phillip en brazos e imaginarse que era suyo. Se llevaba a la boca grandes cucharadas de chile con carne y, entre un bocado y otro, charlaba animadamente.
    —¿Cómo lleva papá la jubilación?
    —Ha perdido vitalidad —observó Nancy.
    —Estoy aquí sentado. ¿Por qué no me lo preguntas a mí?
    —Vale, papá, ¿cómo llevas la jubilación?
    —He perdido vitalidad.
    —¿Lo ves? —Nancy se rió—. Con lo bien que estaba al principio...
    —¿Cuántos museos y conciertos puede soportar un hombre?
    —¿Qué clase de hombre? —preguntó Nancy.
    —Uno como Dios manda, a quien le guste ir de pesca.
    —¡Pues vete a Florida! —exclamó Nancy, exasperada—. ¡Vete a pescar al golfo durante una semana! Le pediremos a la canguro que venga más horas.
    —¿Y si te hacen trabajar horas extras?
    —Me tienen investigando robos de identidad, Will. Me paso todo el día conectada a internet. No hay peligro de que me hagan trabajar horas extras hasta que me asignen casos de verdad.
    Will cambió de tema, molesto.
    —Quiero ir todos los días, cuando me dé la gana.
    A Nancy se le borró la sonrisa de la cara.
    —Lo que quieres es que nos mudemos.
    Laura le dio una patada a Greg por debajo de la mesa para que interviniese.
    —¿Lo echas de menos, Will? —preguntó Greg.
    —¿El qué?
    —Trabajar. El FBI.
    —Qué dices, hombre. Echo de menos la pesca.
    Greg carraspeó.
    —¿Alguna vez has pensado en escribir un libro?
    —¿Sobre qué?
    —Sobre todos tus asesinos en serie. —Al fijarse en la mirada fulminante de Will, se apresuró a añadir—: ¡Excepto el del Juicio Final!
    —¿Por qué iba yo a querer remover toda esa mierda?
    —Fueron casos célebres, historia popular. A la gente le fascina eso.
    —¿Historia? Para mí es basura truculenta. Además, no se me da bien escribir.
    —Encárgaselo a un negro. Tu hija escribe. Yo también. Creemos que se venderá bien.
    Will se enfadó. De haber estado borracho, habría estallado, pero el nuevo Will se limitó a arrugar el entrecejo y a negar con la cabeza lentamente.
    —Tenéis que buscaros la vida solos. No soy la gallina de los huevos de oro.
    —¡Will! —exclamó Nancy, propinándole un manotazo en el brazo.
    —¡Greg no se refería a eso, papá!
    —¿No? —Sonó el timbre. Will se puso en pie apoyándose en los brazos de la silla y pulsó el botón del telefonillo, irritado—. ¿Quién es? —El timbre sonó otra vez. Y luego otra—. ¿Qué narices...?
    Refunfuñando, bajó en el ascensor y se encontró con el vestíbulo vacío. Cuando se disponía a salir a toda prisa a la calle para echar una ojeada, vio una tarjeta de visita pegada con cinta adhesiva a la puerta del edificio, a la altura de los ojos.
    «Henry Spence, presidente del Club 2027» —decía, y debajo aparecía un número de teléfono con el prefijo 702. Las Vegas. Había un mensaje escrito a mano en letras pequeñas de imprenta—: «Sr. Piper, llámeme cuanto antes, por favor». 2027.
    Al ver la fecha, aspiró entre dientes.
    Abrió la puerta. Fuera hacía fresco y, en la oscuridad, unos cuantos hombres y mujeres caminaban por la acera, bien abrigados, con aire decidido, como solían caminar los vecinos de aquel barrio residencial. No había nadie en la calle ni ninguna caravana a la vista.
    Sacó el teléfono móvil del bolsillo, donde lo llevaba durante el día para hablar con Nancy sobre el bebé. Marcó el número.
    —Hola, señor Piper. —La voz hablaba en un tono animado, casi festivo.
    —¿Con quién estoy hablando? —preguntó Will con cautela.
    —Soy Henry Spence. Estoy en la autocaravana. Gracias por devolverme la llamada tan rápidamente.
    —¿Qué quiere?
    —Hablar con usted.
    —¿Sobre qué?
    —Sobre 2027 y otros temas.
    —No creo que sea una buena idea. —Will se dirigía a toda prisa a la esquina para intentar avistar la caravana.
    —Detesto recurrir a los tópicos, señor Piper, pero se trata de un asunto urgente, de vida o muerte.
    —¿La muerte de quién?
    —La mía. Me quedan diez días de vida. Concédale a un hombre que está a punto de morir una última voluntad: hable conmigo.

  • El sabor de las pepitas de manzana

    - - 1 - -

    Tía Anna murió con dieciséis años de una neumonía que no fue posible curar porque la enfermedad le había roto el corazón y aún no se había descubierto la penicilina. Su muerte ocurrió un día de julio al anochecer y un instante después, cuando Bertha —la hermana menor de Anna— se precipitó llorando al jardín, se dio cuenta de que con el último estertor de Anna todas las grosellas rojas se habían vuelto blancas. Era un jardín grande. Los numerosos y antiguos groselleros se arqueaban por el peso de las bayas que debían haberse recogido hacía mucho tiempo, pero en las que, tan pronto como Anna cayó enferma, nadie había vuelto a pensar. Mi abuela me lo contaba con frecuencia, ya que había sido ella quien había descubierto las grosellas enlutadas. Desde entonces, no hubo más que grosellas negras y blancas en el jardín de mi abuela y todos los esfuerzos que se hicieron más adelante por cultivar un arbusto rojo se saldaron con fracaso; en sus ramas tan solo crecían bayas blancas. Eso, sin embargo, no perturbaba a nadie; las blancas eran casi tan dulces y sabrosas como las rojas, el delantal no se le manchaba a una demasiado al exprimirlas para extraer el jugo y la jalea que se obtenía emitía destellos de una misteriosa, pálida transparencia. Como «lágrimas en conserva» decía mi abuela. Y sobre los anaqueles de la bodega seguía habiendo frascos de todos los tamaños con jalea de grosellas de 1981, un año cuyo verano fue particularmente rico en lágrimas. El último verano de Rosmarie.

    Un día, buscando pepinillos en conserva, mi madre encontró un frasco de 1945 que contenía las primeras lágrimas de la posguerra. Se lo regaló a la Asociación de Amigos de los Molinos, y cuando le pregunté por qué diablos le daba la deliciosa jalea de la abuela a una cooperativa regional, dijo que aquellas lágrimas habían sido demasiado amargas.

    Mi abuela Bertha Lünschen, de soltera Deelwater, murió algunas décadas después de tía Anna, pero ya hacía tiempo entonces que no sabía quién había sido su hermana, ni cómo se llamaba ella misma, ni si era invierno o verano. Había olvidado para qué servían un zapato, una hebra de lana o una cuchara. Durante diez años se fue liberando de sus recuerdos con la misma ligereza inquieta con que se alisaba los cortos rizos blancos que tendían a enredársele en la nuca o con que recogía las invisibles migas sobre la mesa. Más que de los rasgos de su cara, me acordaba con claridad del ruido de la piel dura, seca, de su mano sobre la madera de la mesa de la cocina. También recordaba cómo sus dedos anillados se cerraban firmemente en torno a las migas invisibles, como intentando atrapar la sombra de su espíritu en fuga; aunque puede que Bertha solo quisiera, aparte de simplemente llenar el suelo de migas, alimentar a los gorriones que disfrutaban en el jardín dándose baños de arena y arrancando los pequeños rábanos a comienzos del verano. Más tarde, en la residencia de ancianos, la mesa pasó a ser de plástico y la mano de mi abuela enmudeció. Antes de perder totalmente la memoria, Bertha nos incluyó en su testamento. Christa, mi madre, heredó la tierra; tía Inga, los valores del banco; tía Harriet, el dinero. Yo, la última descendiente, heredé la casa. Las joyas y los muebles, la ropa blanca y la plata debían ser repartidos entre mi madre y mis tías. El testamento de Bertha era claro como el agua y fue una ducha fría: los valores no eran para tanto; la vida en los pastos de la llanura de Alemania del Norte no atraía a nadie salvo a las vacas; dinero no había mucho, y la casa era vieja.

    Bertha debió de acordarse de cuánto me gustaba entonces aquella casa. De sus últimas voluntades, sin embargo, no nos enteramos hasta después del entierro. Viajé sola. Un viaje largo y complicado a bordo de diferentes trenes; había salido de Friburgo y tuve que atravesar de punta a punta todo el país antes de bajar de un autocar de línea casi vacío que me había paseado de pueblo en pueblo desde una pequeña y fantasmagórica estación de provincias para dejarme bien arriba, en el pueblo de Bootshaven, justo frente a la casa de mi abuela. Estaba exhausta por el viaje, por la tristeza y por el sentimiento de culpa que siempre se experimenta cuando muere alguien que, aunque nos es querido, no llegamos a conocer bien en vida.

    Tía Harriet también había venido. Ya no se llamaba Harriet, sino Mohani, aunque no vestía túnica naranja ni llevaba el cráneo rasurado. Lo único que sugería su nueva condición de iluminada era el collar de cuentas de madera con la imagen del gurú. Con sus cortos cabellos rojos de henna y su calzado deportivo Reebok, sobresalía del resto de negras siluetas reunidas en pequeños grupos delante de la capilla. Me alegré de ver a tía Harriet, aunque me invadió cierta angustia —inquietud más bien—, al pensar que no la había vuelto a ver desde hacía treinta años, es decir, desde que enterramos a Rosmarie, su hija. Aquella angustia me era familiar; al fin y al cabo, pensaba en Rosmarie cada vez que contemplaba mi rostro en el espejo.

    Su entierro había sido insoportable. Siempre es insoportable —qué duda cabe— tener que enterrar a una jovencita de quince años. En aquella ocasión, como hube de enterarme más tarde, caí desmayada. Lo único que recuerdo son las lilas blancas dispuestas sobre el ataúd, el perfume vaporoso y dulce que exhalaban y que acabó por taponarme la nariz, provocarme burbujas en la tráquea y que hizo que me faltara el aire y que, con un giro, me hundiese en un agujero blanco.

    Desperté más tarde, en el hospital. Al caer me había golpeado la frente contra el bordillo y habían tenido que coser la herida. Me quedó una cicatriz encima del puente de la nariz, una marca pálida. Ese fue mi primer desmayo. Desde entonces, me he desmayado con frecuencia. En nuestra familia, eso de caerse, se nos da bien.

    Así fue como la pobre tía Harriet renegó de la fe tras la muerte de su hija y se unió a Bhagwan. Según se decía en el círculo de conocidos, había entrado en la secta... Aunque la palabra «secta» se pronunciaba en voz baja, como temiendo ser espiados y atrapados por ella para acabar como aquellos locos lobotomizados de Alguien voló sobre el nido del cuco, con el cráneo rapado, dando tumbos por las zonas peatonales de este mundo, aporreando los timbales con alegría infantil. Tía Harriet no parecía, sin embargo, querer desembalar sus timbales para el entierro de Bertha. Cuando me vio, me estrechó entre sus brazos y me besó la frente. Más bien besó la cicatriz de mi frente, pero no dijo ni una palabra y se limitó a empujarme hacia mi madre que estaba de pie junto a ella. Mi madre tenía aspecto de haber llorado los últimos tres días. Al verla, se me encogió el corazón. ¡Qué terrible ha de ser tener que enterrar a tu propia madre!, me dije tras soltarme de su abrazo. Mi padre, a su lado, la sostenía. Estaba mucho más pequeño que la última vez y su cara tenía arrugas que yo jamás le había visto. Tía Inga se mantenía algo apartada. A pesar de sus ojos enrojecidos, seguía siendo impresionantemente bella y las comisuras inclinadas de su hermosa boca expresaban más orgullo que aflicción. Aunque su vestido fuera sencillo y cerrado hasta el mentón, más que una prenda de duelo parecía un vestido de cóctel negro. Tía Inga había venido sola. Me cogió ambas manos y me sobresalté ligeramente; una descarga eléctrica, apenas perceptible, me alcanzó desde su mano izquierda. En el brazo derecho llevaba su brazalete de ámbar. Las manos de tía Inga eran duras al tacto, cálidas y secas.

    Era una soleada tarde de junio. Eché una mirada al resto de la gente: muchas mujeres de cabellos blancos, de gafas gruesas y bolsos negros; eran las compañeras habituales de tertulia de Bertha. Estaban también el antiguo alcalde y, por supuesto, Carsten Lexow —que fue profesor de mi madre—, algunas amigas de la escuela y unas primas lejanas de mis tías y mi madre. Tres hombres de elevada estatura, uno al lado del otro, con aire solemne y desmañado, se reconocían fácilmente como antiguos pretendientes de tía Inga, a quien apenas osaban mirar abiertamente, pero de quien, sin embargo, no apartaban los ojos. Los vecinos de mi abuela, los Koop, también estaban presentes, además de otras personas a quienes no pude identificar: empleados de la residencia de ancianos, tal vez, o de la funeraria, o colaboradores de mi abuelo de la época en que aún tenía el bufete.

    Nos dirigimos todos al bar situado junto al cementerio y tomamos café con bizcocho de mantequilla. Como es costumbre después de los entierros, la gente comenzó a hablar de inmediato. Al principio en voz baja, después cada vez más fuerte. Incluso mi madre y tía Harriet no tardaron en conversar febrilmente. Los tres pretendientes rodeaban ahora a tía Inga, firmemente plantados sobre sus piernas separadas y con las espaldas arqueadas hacia atrás. Tía Inga parecía bien dispuesta a aceptar sus homenajes, pero, al mismo tiempo, los recibía con cierto sarcasmo.

    Las damas del círculo de mi abuela comían en torno a la misma mesa y celebraban una pequeña tertulia. Con los labios manchados de granitos de azúcar y almendra machacada, comían igual que hablaban, lenta, ruidosamente y sin parar. Junto con las dos camareras, mi padre y el señor Lexow iban y venían de la cocina a las mesas con bandejas de plata cargadas de montañas de porciones de bizcocho mientras las cafeteras humeantes se sucedían a intervalos regulares. Las damas del círculo jaleaban un poco a aquellos dos hombres jóvenes tan atentos, animándolos a unirse a la tertulia y, mientras mi padre bromeaba respetuosamente con ellas, el señor Lexow se limitaba a sonreír con timidez y a huir hacia las mesas vecinas. Al fin y al cabo, tenía que seguir viviendo allí.

    Aún hacía calor cuando abandonamos el local. El señor Lexow se sujetó las perneras del pantalón con dos aros metálicos y montó en la bicicleta negra que lo esperaba, apoyada y sin candado, contra la pared de la casa. Nos saludó levantando fugazmente la mano y se fue pedaleando en dirección al cementerio. Mis padres y mis tías permanecieron ante la puerta del local, parpadeando bajo el molesto resplandor del sol de la tarde. Mi padre carraspeó:

    —Los hombres del bufete... los habéis visto, ¿verdad? Bien, Bertha ha hecho testamento.

    Eran los abogados, pues. Mi padre no había acabado aún; abrió la boca y la volvió a cerrar; las tres mujeres seguían mirando hacia el sol rojizo sin decir palabra.

    —Nos esperan ante la casa.

    Rosmarie había muerto en verano también, pero en un momento en que por las noches los prados comenzaban a exhalar fragancias de otoño y una no podía tumbarse sobre la hierba sin quedarse rápidamente aterida de frío. Pensaba en mi abuela, que yacía bajo tierra; en el húmedo y negro agujero donde ella reposaba ahora, un suelo pantanoso, fértil y negro bajo la arena. El montículo de tierra junto a su sepultura se secaba al sol y la arena se escurría infatigable. Se precipitaba en pequeñas morrenas, exactamente igual que en un reloj de arena.

    —Así soy yo —dijo Bertha un día—, así es mi cabeza.

    Gimió inclinando la cabeza hacia el reloj de arena situado al borde de la mesa. Se levantó luego bruscamente de la silla y barrió el reloj de la mesa con la cadera. El delgado soporte de madera se había roto. El vidrio, hecho añicos, había saltado por los aires. Yo era una niña y su enfermedad aún no se notaba demasiado. Me arrodillé y con el dedo índice esparcí la arena blanca por el suelo de piedra blanca y negra de la cocina. La arena era muy fina y resplandecía bajo la luz de la lámpara. Mi abuela, de pie junto a mí, suspiró y preguntó que cómo se me podía haber roto aquel hermoso reloj de arena. Cuando le dije que era ella quien lo había hecho caer, sacudió la cabeza y la volvió a sacudir una y otra y otra vez. Después, recogió los fragmentos de vidrio y los echó al cubo de las cenizas.

    Tía Harriet me agarró por el brazo. Me sobresalté.

    —¿Nos vamos? —preguntó.

    —Sí, vamos.

    Hice un gesto para liberarme de la leve presión de su mano y me soltó en el acto. Sentí que me miraba con el rabillo del ojo.

    Regresamos caminando a casa. Bootshaven es un pueblo muy pequeño. La gente inclinaba formalmente la cabeza a nuestro paso y en el camino nos cruzamos varias veces con mujeres de avanzada edad que nos daban la mano a nosotras, pero no á mi padre. Yo no las conocía, aunque todas ellas parecían conocerme a mí y —es cierto que en voz baja, por deferencia a nuestro luto, pero sin poder reprimir un leve atisbo de satisfacción porque esta vez le hubiese tocado a otra— decían que me parecía a la pequeñaja Christa. Tardé un rato en comprender que «la pequeñaja» era mi madre.

    La casa se veía desde lejos. La parra silvestre cubría por entero la fachada y las ventanas superiores no eran más que huecos cuadrados en aquel espeso matorral verde oscuro. Los dos viejos sauces de la entrada llegaban hasta el tejado. Al pasar rozando el muro lateral de la casa sentí la tosca piedra roja y caliente bajo mi mano. Un golpe de viento atravesó la parra, los sauces se inclinaron, la casa suspiró suavemente.

    Al pie de la escalera que llevaba a la puerta de entrada esperaban los abogados. Uno de ellos tiró su cigarrillo al vernos llegar; después, se agachó rápidamente a recoger la colilla. Mientras subíamos los amplios peldaños, agachó también la cabeza; se había dado cuenta de que lo habíamos visto; su rostro se había puesto colorado mientras hurgaba concentrado en su portafolios. Los otros dos hombres contemplaban a tía Inga. Ambos eran más jóvenes que ella, pero aun así empezaron enseguida a cortejarla. Uno de ellos sacó una llave de su cartera y nos interrogó con la mirada. Mi madre cogió la llave y la introdujo en la cerradura. Cuando se oyó el ruidoso tintineo de la campana de latón encima de la puerta, una misma sonrisa iluminó fugazmente la cara de las tres hermanas.

    —Podemos pasar al estudio —dijo tía Inga precediéndonos.

    El olor del vestíbulo me aturdió. Seguía flotando aquella misma fragancia de manzanas y piedras viejas, y el baúl tallado del ajuar de mi bisabuela Käthe también seguía allí, apoyado contra la pared. A izquierda y derecha del baúl, las sillas de roble con el escudo de la familia, un corazón partido en dos por una sierra. Los tacones de mi madre y de tía Inga hacían ruido y la arena rechinaba bajo las suelas de cuero; tan solo tía Harriet, con sus Reebok, caminaba despacio y silenciosamente.

    El estudio de mi abuelo Hinnerk estaba ordenado. Mis padres y uno de los abogados —el joven del cigarrillo— colocaron cuatro sillas, tres de ellas unas junto a otras y la cuarta enfrente. El pesado escritorio no parecía sentirse afectado por todo aquel trajín y seguía ahí, plantado contra la pared entre las dos ventanas que daban a la entrada y a los tilos. La claridad del día se colaba por entre el follaje y salpicaba de manchas luminosas la habitación. El polvo danzaba. Hacía fresco allí. Mi madre y mis tías se sentaron en las tres sillas oscuras y uno de los abogados en la silla de escritorio de Hinnerk. Mi padre y yo estábamos de pie detrás de las tres hermanas. Los otros dos abogados, también de pie, se quedaron junto a la pared, a nuestra derecha. Las patas y el respaldo de las sillas eran tan altos y verticales que un cuerpo sentado quedaba enseguida formando un ángulo recto: pies y tibias, muslos y espalda, brazos y antebrazos, cuello y hombros, mentón y cuello. Las hermanas parecían estatuas egipcias de una cámara funeraria.

    El hombre sentado en la silla de escritorio de Hinnerk —no el del cigarrillo— oprimió con los dedos el cierre del portafolios, lo que pareció ser una señal para los otros dos, que se aclararon la garganta y miraron al primero, el jefe obviamente, con aire circunspecto. El hombre en cuestión se presentó como antiguo socio de Heinrich Lünschen, mi abuelo.

    Se leyó y se comentó el testamento de Bertha y mi padre fue nombrado ejecutor testamentario. Un ligero y único movimiento atravesó los cuerpos de las tres hermanas cuando oyeron que la casa sería para mí. Me dejé caer sobre un taburete y miré al socio del socio. El hombre del cigarrillo giró la cabeza. Yo bajé los ojos y clavé la vista en el papel que aún llevaba en la mano, con los cantos para las exequias de mi abuela. En la palma de mi mano se habían estampado las notas del coral «Oh, cabeza cubierta de sangre y heridas». Impresora de inyección de tinta. Ante mis ojos, cabezas cubiertas de sangre y heridas, cabellos como regueros de tinta roja, cabezas llenas de agujeros, lagunas de la memoria de Bertha: arena que fluye por el cuello del reloj. Con la arena —solo si estaba lo suficientemente caliente— se hacía vidrio. Rocé con los dedos la cicatriz de mi frente; no, aún no caía arena de allí; solo polvo escapó de mi falda de terciopelo al volver a cerrar la mano y cruzar las piernas. Observé en mi media una carrera fina que partiendo de la rodilla se perdía bajo el terciopelo negro. Sentí la mirada de Harriet y levanté la cabeza. Sus ojos estaban llenos de compasión. Ella odiaba la casa. Le traía recuerdos de Rosmarie. ¿Quién había pronunciado aquellas palabras? Olvidado... Cuanto más se extendían las lagunas de la memoria de Bertha, tanto mayores eran los fragmentos de recuerdo que escapaban atravesándola. Cuanto más avanzaba su perturbación, tanto más descabelladas se volvían las prendas de lana que tejía y que, por los puntos que dejaba escapar sin cesar, por las reducciones que hacía al tejer o por los agregados de nuevos puntos en los bordes, crecían y se estrechaban en todas direcciones y se abrían, se enredaban y deshacían por todas partes. Mi madre había reunido las prendas de punto de Bootshaven y se las había llevado a casa. Las conservaba en una caja en el armario de su dormitorio. Un día la encontré por casualidad y, con una mezcla de estupefacción y regocijo, desplegué las esculturas de lana sobre la cama de mis padres. Mi madre llegó en ese momento. Yo no vivía ya en casa de mis padres y Bertha estaba en la residencia de ancianos. Pasamos un rato contemplando las monstruosidades de lana.

    —Es que todo el mundo necesita un lugar donde conservar sus lágrimas —dijo mi madre como para justificarse, y guardó otra vez la caja en el armario. Nunca más volvimos a hablar de los tejidos de Bertha.

    Salimos todos del despacho en fila india, recorrimos otra vez el vestíbulo hasta la puerta de entrada y la campana hizo un ruido metálico. Los hombres nos estrecharon la mano y se alejaron. Nosotros nos sentamos fuera, en la escalera de la entrada. Las losas, llanas y de un blanco amarillento, estaban casi todas rajadas, pero no transversalmente, sino en sentido longitudinal: las piedras se habían roto en delgadas capas que podían retirarse, como si fueran lascas. Antiguamente no eran más de seis o siete las losas rotas; nosotras las utilizábamos como cajones secretos donde escondíamos plumas, flores o cartas.

    Por aquella época yo aún escribía cartas, todavía creía en lo escrito, en lo impreso, en lo leído. Con el paso del tiempo había dejado de hacerlo. Era bibliotecaria en la Universidad de Friburgo. Trabajaba con libros, me compraba libros, a veces incluso me los llevaba en préstamo. Pero ¿leer? No. En otros tiempos, sí. Entonces sí. Entonces leía sin parar, en la cama, mientras comía, en la bicicleta. Pero eso había acabado. Leer era lo mismo que coleccionar y coleccionar era lo mismo que conservar y conservar era lo mismo que recordar y recordar era lo mismo que no saber exactamente y no saber exactamente era lo mismo que haber olvidado y olvidar era lo mismo que caer, y había que ponerle fin a la caída.

    Esa era una explicación.

    Sin embargo, disfrutaba siendo bibliotecaria. Por las mismas razones por las que había dejado de leer.

    Comencé estudiando Filología alemana, pero en los trabajos prácticos me di cuenta de que todo aquello que venía después de la búsqueda bibliográfica carecía de interés para mí: catálogos, tablas de materias, manuales, índices tenían su propia y sutil belleza; una belleza de cuya fugaz lectura se desprendía tan poco como de un poema hermético. Cuando me aparté de las obras generales de referencia y de sus páginas desgastadas por innumerables consultas, y fui pasando de libro en libro hasta que por fin di con una monografía altamente especializada cuya cubierta jamás había estado en contacto con las manos de nadie excepto las de un bibliotecario, eso desencadenó en mí un sentimiento de satisfacción tal que no podía equipararse con el que me procuraban mis propios escritos. A eso se sumaba el hecho de que las notas que tomaba para no olvidar, correspondían realmente a aquello que no era necesario recordar; es decir, a lo que podía olvidar con toda tranquilidad, puesto que ya sabía dónde volver a encontrarlo.

    La faceta más placentera de mi oficio era descubrir los libros olvidados, los libros que habían permanecido en su sitio desde hacía siglos y que probablemente jamás habían sido leídos; libros con una densa capa de polvo en su canto superior y que, sin embargo, habían sobrevivido a millones de no-lectores. Había localizado siete u ocho de esos libros e iba a verlos con cierta frecuencia, pero jamás los tocaba. De vez en cuando los olfateaba un poco. Como la mayor parte de los libros de biblioteca, olían a humedad. El libro sobre los frisos del antiguo Egipto era el que tenía peor olor, estaba ya completamente negro y desgastado. Durante toda su estancia en la residencia de ancianos, no había ido a ver a mi abuela más que una vez. La encontré sentada en su cuarto. Se asustó al verme y se lo hizo encima. Una enfermera entró y le cambió los pañales. Me despedí de Bertha besándola en la mejilla. Aquella mejilla estaba fría y sentí en los labios la red de arrugas que se extendía suavemente sobre su piel.

    Mientras esperaba sobre un escalón y recorría con el dedo las grietas de las piedras, mi madre, sentada dos peldaños más arriba, se dirigió a mí. Hablaba en voz baja y no acababa las frases, de modo que el sonido de su voz parecía, por momentos, flotar en el aire. Irritada, me pregunté qué era lo que desde hacía un tiempo la llevaba a hablar siempre de esa manera. Cuando depositó en mi regazo una gran llave de latón cromado, que con su paletón simple y su ligero abarquillado hacía pensar más en un accesorio para cuentos de Navidad que en una verdadera llave, comprendí por fin qué ocurría. Se trataba de la casa. Se trataba de las hijas de Bertha, aquí, en la escalera en ruinas. De su difunta hermana que había nacido en la casa, de mí y de Rosmarie, que había muerto en la casa. Y se trataba también del joven abogado con el cigarrillo. Casi no lo había reconocido, pero no cabía duda, era el hermano pequeño de Mira Ohmstedt, nuestra mejor amiga. La mejor amiga de Rosmarie y mi mejor amiga.

    - - 2 - -
    Mis padres, mis tías y yo pasamos la noche en las tres habitaciones disponibles en la posada del pueblo.

    —Bajaremos de nuevo a Baden —dijo mi madre a la mañana siguiente.

    Lo repitió una y otra vez, como si necesitara convencerse a sí misma. Sus hermanas suspiraron, como si hubiera dicho que bajaría al jardín de las delicias. Y tal vez fuera eso lo que en efecto sentía. Tía Inga se dispuso a acompañarlas hasta Bremen. La abracé y recibí una ligera descarga eléctrica.

    —¿Ya de buena mañana? —pregunté sorprendida.

    —Hoy hará calor —dijo Inga excusándose.

    Ella cruzó los brazos sobre el pecho y dejó que sus manos la recorrieran desde los hombros hasta por encima de las muñecas en un largo y rápido movimiento descendente, extendió los dedos y los sacudió. Se oyó un ligero chasquido cuando salieron chispas de las puntas de sus dedos. Rosmarie siempre había adorado los chisporroteos de tía Inga.

    —Haz llover otra vez estrellas —le pedía todo el tiempo, sobre todo cuando estábamos en el jardín y era de noche.

    Mirábamos atemorizadas los diminutos puntos luminosos que durante una fracción de segundo se escapaban de las manos de tía Inga.

    —¿Y eso duele? —preguntábamos.

    Ella negaba con la cabeza, pero yo no la creía, pues se sobresaltaba cuando se apoyaba en un coche, cuando abría la puerta de un armario, al encender la luz o el televisor. Llegaba incluso a dejar caer las cosas. A veces entraba en la cocina y me encontraba a tía Inga sentada en el taburete, recogiendo fragmentos de vidrio con la escobilla. Si le preguntaba qué había pasado, ella decía:

    —Oh, un estúpido accidente. Soy tan torpe...

    Cuando tía Inga no podía evitar tender la mano a la gente, se disculpaba, pues dejaban escapar con frecuencia un grito de espanto. Rosmarie la llamaba «Dedos Eléctricos», pero todo el mundo sabía muy bien que ella admiraba a tía Inga.

    —¿Por qué no sabes hacer eso, mamá? —le preguntó un día a tía Harriet—. Y yo tampoco. ¿Por qué?

    Tía Harriet la miró y respondió que Inga no podía liberarse de sus tensiones de otra manera y que Rosmarie, en cambio, se desahogaba constantemente, de modo que nunca podría llegar a producir esas descargas y que debería sentirse feliz por ello. Tía Harriet había estado desde siempre en busca de su ser espiritual. Había deambulado por diferentes caminos para encontrar su propio centro y regresar, antes de convertirse en Mohani y llevar ese collar de madera. Cuando murió su hija, mi madre se lo explicaba a sí misma diciendo que tía Harriet había salido a buscar a un padre y que se había convertido de nuevo en hija. Había sentido la necesidad de algo sólido, de algo que impidiese su caída y al mismo tiempo la ayudase a olvidar. Nunca me conformé con aquella explicación. Tía Harriet amaba el drama, no el melodrama. Tal vez fuera un poco alocada, pero jamás vulgar. Probablemente se sintiera unida al difunto Osho. Debía de parecerle tranquilizador que un muerto pudiese estar tan vivo, puesto que según Bhagwan, sí seguía vivo, jamás había dado muestra alguna de estar muy impresionada y se burlaba de las fotos que lo mostraban delante de aquellos ostentosos automóviles.

    Cuando mi madre, mi padre y tía Inga se fueron, tía Harriet y yo bebimos un té de menta en el salón de la posada. Nuestro silencio era melancólico y distendido.

    —¿Irás ahora a la casa? —me preguntó finalmente.

    Se levantó de la silla y cogió su bolsa de viaje de cuero, que estaba junto a la mesa. Miré a los ojos al sonriente Osho en el marco de madera del collar de tía Harriet e incliné la cabeza. El me devolvió el saludo. Yo también me puse en pie. Me estrechó tan fuerte entre sus brazos que me hizo daño. No dije nada y miré la sala vacía por encima de su hombro. El leve olor a café y a sudor que había arropado ayer con su calor a los huéspedes enlutados seguía suspendido bajo el techo pintado de blanco. Tía Harriet me besó en la frente y salió. Sus Reebok rechinaron sobre el parqué encerado.

    En la calle, giró la cabeza y se despidió con un gesto. Levanté la mano. Tía Harriet se dirigió a la estación de autobuses. Sus hombros se inclinaban un poco hacia delante y su melenita roja desaparecía bajo el cuello de la blusa negra. Me asusté. Al verla caminar de espaldas pude comprender hasta qué punto era desdichada. Me aparté de la ventana y volví a sentarme a la mesa del desayuno. No quería humillarla. El autobús arrancó causando un gran estrépito que hizo temblar las ventanas; levanté los ojos y pude ver de refilón a la tía Harriet con la mirada clavada en el respaldo del asiento de delante.

    Regresé caminando a la casa. La bolsa no era pesada, dentro estaba la falda de terciopelo. Llevaba un vestido negro corto, sin mangas y sandalias negras de tacón cuadrado grueso que me permitían caminar por las aceras de la ciudad o bajar libros de las estanterías y cargar con ellos, sin riesgo de torcerme un tobillo. No pasaba gran cosa ese sábado por la mañana. Delante del supermercado Edeka, algunos jóvenes comían helado sentados en sus ciclomotores. Las chicas no paraban de agitar sus cabellos recién lavados. Me produjeron una sensación inquietante, era como si sus cuellos fueran demasiado débiles para llevar aquellas cabezas y pudieran caerse repentinamente hacia atrás o hacia un lado. Debí de mirarlos demasiado fijamente, porque se callaron y clavaron sus ojos en mí. Aquello fue embarazoso pero, pese a todo, me sentí aliviada al ver que sus cabezas habían dejado de oscilar, que permanecían bien plantadas sobre sus cuellos en vez de inclinarse formando cómicos ángulos y de caer sobre sus hombros o sus clavículas.

    En el punto donde la carretera principal trazaba una pronunciada curva hacia la izquierda, un camino de piedras que pasaba por delante de la gasolinera y de un par de casas llevaba directamente a los pastizales. Tenía la intención de inflar las ruedas de una de las bicicletas de la casa y tomar más tarde aquel camino para llegar a la esclusa. O incluso al lago. Hoy haría calor, había dicho tía Inga.

    Caminé por el margen derecho de la carretera. A la izquierda, el gran molino se perfilaba tras los álamos. Lo habían pintado de colores hacía poco, lo que le daba un aspecto indigno que me apenaba ver. Era como si a alguien se le hubiera ocurrido obligar a las damas del círculo de mi abuela a ponerse leggings brillantes. La casa de Bertha, que ahora era la mía, estaba casi enfrente del molino. Había llegado a la entrada. La puerta estaba cerrada con llave y era más baja de lo que recordaba porque me llegaba justo a la cintura, así que la franqueé ágilmente de un salto en tijera.

    A la luz de la mañana, la casa parecía un cajón oscuro y mísero al que se accedía por un ancho camino con un pavimento espantoso. Los sauces estaban en sombra. Cuando me dirigía a la escalera, me di cuenta de que el jardín delantero estaba invadido de nomeolvides a punto de marchitarse; algunas flores estaban desvaídas, otras viraban al marrón. Me agaché y arranqué una flor que había perdido su color azul, era gris y violeta y blanca y rosa y negra. ¿Pero quién se había ocupado realmente del jardín cuando Bertha estaba en la residencia? ¿Y de la casa? Se lo preguntaría al hermano de Mira.

    Al entrar, el olor a manzanas y a piedra fría volvió a salir a mi encuentro. Dejé mi bolsa sobre el baúl y recorrí todo el vestíbulo. Ayer habíamos llegado tan solo hasta el estudio de mi abuelo. No entré en las habitaciones, comencé por abrir la puerta situada al final del pasillo. A la derecha, la empinada escalera conducía a las habitaciones de arriba. En línea recta, se descendían dos peldaños, y volviendo a girar a la derecha se accedía al cuarto de baño donde, una noche, había irrumpido mi abuelo atravesando el techo como un avión mientras mi madre me lavaba. Había querido asustarnos un poco haciendo el fantasma sobre nuestras cabezas y por eso había trepado al desván. Como las tablas debían de estar carcomidas y mi abuelo era un hombretón grande y pesado, él se rompió el brazo y a nosotras nos prohibió contar cómo había ocurrido.

    La puerta que daba al cobertizo estaba cerrada con llave. La llave pendía de la pared contigua, sujeta a un taco de madera. La dejé allí colgada. Luego, subí la escalera para ir a las habitaciones donde habíamos dormido y jugado en otros tiempos. El tercer peldaño contando desde abajo crujía aún más fuerte que entonces, aunque quizá se debiera a que la casa se había vuelto más silenciosa. ¿Y los dos últimos peldaños de arriba? Sí, todavía seguían crujiendo, incluso se había sumado el antepenúltimo. La barandilla gemía con apenas tocarla.

    Arriba, el aire era espeso y rancio, caliente como las mantas de lana que había dentro de los baúles. Abrí primero las ventanas de la habitación grande, después las cuatro puertas de los cuartos, así como las dos puertas de la habitación central —que había sido la de mi madre— y, finalmente, las doce ventanas de los cinco dormitorios. Todo, excepto el tragaluz de la escalera, estaba cubierto por una espesa capa de telarañas. Centenares de arañas habían tejido allí sus redes a lo largo de los años, viejas redes enmarañadas de las que, además de moscas resecas, colgaran tal vez los cadáveres de sus antiguas propietarias. Aquellas redes superpuestas formaban una delicada tela blanca, un filtro de luz lechosa, rectangular y mate. Pensé en la suave red de arrugas de las mejillas de Bertha. Un tejido de mallas tan grandes que la luz del día parecía centellear al trasluz de su piel. En su senectud, la piel de Bertha se había vuelto translúcida; su casa, en cambio, se había vuelto opaca.

    Pero ambas agujereadas, dije en voz alta al tragaluz; las telarañas ondearon bajo mi aliento.

    Ahí arriba había unos armarios antiguos, colosales. Ahí arriba jugábamos Rosmarie, Mira y yo. Mira era una vecina, un poco mayor que Rosmarie y dos años mayor que yo. Todos decían que Mira era una muchacha muy tranquila, pero a nosotras no nos lo parecía. Es cierto que no hablaba demasiado, aunque sembraba desasosiego allá donde se encontrase. No creo que se debiera únicamente a que siempre iba de negro. Eso era muy frecuente entonces. Lo inquietante en ella provenía de sus alargados ojos pardos, con aquella línea blanca siempre visible entre el párpado inferior y el iris. Con la pincelada de kohl negro que se daba solo sobre el párpado inferior, sus ojos parecían haberse desplazado. El párpado superior colgaba de tal manera que casi llegaba a la pupila, lo que confería a su mirada algo de acechante y al mismo tiempo de indolentemente sensual. Mira era muy bonita. Con su pequeña boca pintada de rojo oscuro, su corta melena estilo Bob teñida de negro, esos ojos con la raya en el párpado inferior, tenía aspecto de diva de cine mudo adicta a la morfina. Acababa de cumplir dieciséis años cuando la vi por última vez. Rosmarie debía celebrar también sus dieciséis años algunos días más tarde y yo tenía catorce.

    Mira no solo iba siempre de negro, sino que además solo comía cosas negras. Del jardín de Bertha, ella solo recogía moras y grosellas negras y cerezas muy oscuras, y si hacíamos picnic teníamos que llevar chocolate amargo o pan negro con morcilla. Mira tampoco leía nada que no hubiera forrado previamente con papel liso negro, solo escuchaba música negra y se lavaba con jabón negro que le enviaba una tía suya desde Inglaterra. En clase de arte se negaba a pintar con acuarelas. Solo con tinta china o carboncillo, pero lo hacía mejor que todos los demás, y como la profesora sentía una gran debilidad por ella, le daba plena libertad.

    —Ya es bastante grave que haya que pintar sobre papel blanco ¡Sería el colmo que tuviéramos que hacerlo además en colores vivos! —decía Mira con desprecio, pero le gustaba mucho dibujar sobre papel blanco, eso era evidente.

    —¿Asistes también a misas negras? —le preguntó tía Harriet un día.

    —Eso no me aporta nada —respondió Mira sin perder la calma y miró a mi tía por debajo de sus pesados párpados—. Sí, es cierto que allí es todo negro, pero también insípido y ruidoso.

    Y añadió, con impasible sonrisa, que tampoco militaba en la CDU1. Tía Harriet se rió y le tendió la caja de After Eight. Mira levantó la cabeza y tomó una bolsita negra de papel con la punta de los dedos.

    Mira tenía una pasión. Una pasión que no era negra. Una pasión de colores, vehemente y tornasolada: Rosmarie. Qué había sido de Mira tras la muerte de Rosmarie, no lo sabía ni tía Harriet, más allá de que ya no vivía en el pueblo.

    Me arrodillé sobre uno de los baúles y me apoyé sobre el alféizar de la ventana. Fuera centelleaban las hojas de los sauces llorones. El viento era algo casi inexistente en el calor estival de Friburgo y en la frescura tras los muros de hormigón de la biblioteca universitaria. El viento era enemigo de los libros. En la sala de lectura especialmente reservada para libros antiguos y raros estaba prohibido abrir la ventana. Terminantemente prohibido. Imaginé lo que podría hacer el viento con las hojas sueltas del manuscrito de Jakob Böhme, De signatura rerum, de unos trescientos cincuenta años de antigüedad , y poco faltó para que volviera a cerrar la ventana. Había una buena cantidad de libros ahí arriba. En cada cuarto había unos cuantos y en la gran habitación, desde donde se accedía a las demás habitaciones del piso superior, había espacio para almacenar todo aquello que no debía ir al sótano: todo tipo de paños y especialmente los libros. Me asomé a la ventana y vi cómo el rosal trepador se arrellanaba sobre el alero de la puerta de entrada y se precipitaba por la barandilla de la escalera para caer sobre el pequeño muro lateral. Me eché hacia atrás y bajé del baúl; tenía las rodillas doloridas. Cojeando, rocé de pasada las estanterías llenas de libros. Hinchados y deformes apéndices de Derecho casi aplastaban el frágil Nesthäckchen y La Primera Guerra Mundial. El lomo desencajado de Nesthäckchen mostraba el título en letras góticas. Recordé que en el interior figuraba el nombre de mi abuela con caligrafía infantil Sütterlin. Las obras completas de Wilhelm Busch se apoyaban pacíficamente en la autobiografía de Arthur Schnitzler. Aquí la Odisea, allá el Fausto. Kant se arrimaba cariñosamente a Chamisso y la correspondencia de Federico el Grande se apoyaba espalda contra espalda en el libro infantil de Magda Trott Pucki, joven ama de casa. Intenté descubrir si los libros estaban colocados de manera arbitraria o si estaban ordenados según un determinado sistema. Tal vez siguiendo un código, que yo habría de reconocer y descifrar. En ningún caso estaban clasificados según su formato. El orden alfabético y el cronológico quedaban asimismo descartados, como también cualquier orden ligado a las editoriales, la nacionalidad de los autores o el tema. Parecía, por tanto, un sistema aleatorio. No creía en el azar, pero sí en un sistema basado en el azar. Si había un sistema aleatorio, el azar dejaba de ser azaroso y de este modo se volvía, si no evitable, sí al menos previsible. Todo lo demás era accidental. El mensaje de los lomos de los libros continuaba siendo un misterio para mí, pero me propuse no perderlos de vista. Ya se me ocurriría algo con el paso del tiempo, de eso estaba segura.

    ¿Qué hora sería? Nunca llevaba reloj de pulsera. Me fiaba de los relojes de las farmacias, las gasolineras y las joyerías. De los relojes de las estaciones y de los despertadores de mis parientes. En la casa había relojes maravillosos, pero ninguno funcionaba. La idea de estar en ese lugar sin reloj me inquietaba. ¿Cuánto tiempo habría estado escrutando los libros de las estanterías? ¿Sería más de mediodía? ¿Habrían seguido espesándose las telarañas del tragaluz en el rato que había pasado yo ahí arriba? Levanté los ojos hacia el rectángulo centelleante y traté de serenarme pensando en la clasificación cronológica. No había anochecido aún; el entierro había tenido lugar la víspera y era sábado, al siguiente sería domingo, el lunes me lo había tomado libre y luego, yo también bajaría a Baden. Pero eso no daba resultado. Dirigí una última mirada a la biblioteca, cerré las ventanas de las habitaciones de arriba y bajé la escalera, que siguió crujiendo un buen rato después de haber llegado abajo.

    Cogí mi bolsa de viaje y permanecí indecisa en el vestíbulo frío. Después de tanto tiempo, y seguramente por primera vez sola en la casa, me sentía como en medio de un inventario. ¿Qué quedaba aún, qué era lo que ya no estaba y qué lo que yo habría simplemente olvidado? ¿Qué habría cambiado en realidad, y qué se percibía simplemente de otra manera? A través de los cristales de la puerta vi las rosas, el sol sobre el sauce y el prado. ¿Dónde me instalaría? Preferiblemente, arriba. Los cuartos de abajo seguían perteneciendo a mi abuela, aunque no los hubiese pisado en los últimos cinco años. Ella había estado casi trece años en la residencia, pero mis tías la traían con frecuencia para pasar la tarde en la casa. Llegó, sin embargo, el momento en que ya no quiso y, posteriormente, ya no pudo subir más al coche, ni caminar, ni hablar. Abrí la puerta del dormitorio de Bertha. Estaba situado junto al estudio y sus ventanas daban también al patio de los sauces. Las persianas estaban bajadas. Entre las dos ventanas se encontraba el tocador. Me senté en el taburete y dirigí la mirada al gran espejo plegable que parecía un libro abierto. Mis manos sujetaron las dos hojas laterales y las movieron ligeramente hacia el interior. Como en otros tiempos, vi mi cara multiplicarse infinitas veces en las hojas que se reflejaban la una en la otra. Mi cicatriz exhibía un blanco brillante. Me vi reflejada tantas veces que ya no sabía dónde estaba realmente. Y no lo supe hasta que cerré por completo una de las hojas.

    Volví a subir. Abrí las ventanas de par en par. Ahí arriba se encontraban los viejos armarios con los vestidos suntuosos de otros tiempos. De niña había sentido sobre mi piel aquellos tejidos delicados, decadentes todos ellos. Allí estaban los viejos baúles llenos de ropa planchada, de camisones y manteles con las iniciales bordadas de mi bisabuela, de tía Anna y de Bertha. Almohadas y sábanas, mantas de lana, edredones, cubrecamas de ganchillo, manteles de encaje, bordados ingleses y largas cortinas blancas transparentes. Las vigas del techo estaban al descubierto y las puertas se abrían. Repentinamente, se me hizo un nudo en la garganta y no pude evitar llorar, porque todo había sido a la vez tan terrible y tan hermoso.

    Pero yo solía sufrir de frecuentes ataques de llanto.

    Puse mi bolsa en el antiguo cuarto de mi madre, la habitación central. Pesqué mi monedero de un bolsillo lateral y bajé rápidamente la escalera. Al bajar corriendo, la madera no emitía más que un ligero crujido. Cogí la llave que había dejado colgada en su sitio junto a la puerta, la abrí, la campana tintineó, y volví a cerrar detrás de mí para bajar la escalinata, aspirar una bocanada de fragancia a rosas, echar una ojeada a la terraza —el jardín de invierno había estado allí antes— para, deprisa, deprisa, atravesar el jardín por debajo del arco de rosas hasta alcanzar la pequeña puerta, y ya estaba fuera. En la gasolinera tendría que haber algo para comer. Quería evitar el Edeka y las cabezas tambaleantes de la juventud del pueblo. Quería evitar también las miradas curiosas de la gente, que, a esas horas, estaría seguramente casi toda en la calle.

    En la gasolinera había mucho movimiento. Era sábado y el ritual del lavado del coche se cumplía escrupulosamente. En la tienda, delante del estante de chocolatinas, había dos jóvenes con profundos pliegues transversales en la frente. Ni siquiera levantaron la mirada cuando me deslicé entre ellos. Compré leche y pan negro, queso, una botella de zumo de manzana y un envase grande de batido de leche con suplemento multivitamínico. También me llevé un periódico, una bolsita de chips y una tableta de chocolate con nueces para emergencias. Bueno, dos tabletas, por si acaso, aunque siempre podría regresar en cualquier momento y comprar más chocolate con nueces. ¡Rápido! ¡A la caja! Al salir, volví a ver a los dos jóvenes que aún seguían absortos en el mismo sitio de antes.

    Sobre la mesa de la cocina de Bertha, mis compras tenían un aspecto incongruente y anodino. El pan en su bolsa de plástico, el queso precintado y el envase de colores chillones del batido de leche A lo mejor hubiera debido hacer mis compras en Edeka. Examiné de cerca el queso: seis rectángulos amarillos idénticos. Estas cosas hechas para ser conservadas mucho tiempo son realmente extrañas, probablemente esos quesos acabarían expuestos algún día en el Museo Regional de la Asociación de Amigos de los Molinos. En la biblioteca había hojeado una vez un libro sobre el Eat Art, que contenía fotografías de la comida expuesta en una muestra gastronómica. Si los alimentos se echaban a perder, las fotografías habían detenido su putrefacción, ¡y el libro tenía más de treinta años! La comida habría desaparecido hacía mucho tiempo, devorada por hambrientas bacterias, pero esas amarillentas y brillantes páginas la conservaban en una especie de limbo cultural. Había algo de despiadado en el deseo de preservación, quizá el olvido total no fuera más que una forma digna de supresión, para no ensañarse preservando. Lo que había caído en el olvido era, sin duda alguna, la comida; tenía hambre. ¿Y si bajara al sótano a buscar un frasco de jalea de grosellas? Era deliciosa sobre el pan negro. No. Me había olvidado de comprar mantequilla.

    La cocina era fría y grande. El suelo estaba hecho de millones de pequeñas piedras cuadradas, negras y blancas. No supe hasta mucho más tarde que se llamaba terrazo. De niña podía pasar horas y horas contemplándolo. Y en cualquier momento, si se me nublaban los ojos, emergían de pronto misteriosos caracteres del suelo de mosaico, pero siempre desaparecían justo antes de poder descifrarlos.

    La cocina tenía tres puertas; había entrado por la del recibidor, una segunda puerta con cerrojo daba a la escalera del sótano y la tercera puerta, al cobertizo.

    Este no estaba ni dentro ni fuera. Antiguamente había servido de establo, el suelo era de arcilla y tenía amplios canales de desagüe. Desde la cocina se accedía a él bajando tres escalones, allí estaban los cubos de basura y la madera, que se apilaba contra los rústicos muros de yeso. Si saliendo de la cocina se atravesaba el cobertizo en línea recta, se llegaba hasta otra puerta de madera, pintada de verde, que era la que daba al exterior, al huerto detrás de la casa, pero si se giraba inmediatamente a la derecha —y eso es lo que hice—, se encontraban las dependencias de servicio. Empecé abriendo la puerta del lavadero, donde una vez había habido una letrina; ahora no había más que dos enormes congeladores. Ambos estaban vacíos, con las puertas abiertas y los enchufes sueltos, caídos a un lado.

    Desde allí, una escalera estrecha y empinada llevaba al desván donde mi abuelo se divertía jugando a los fantasmas. Detrás del lavadero estaba el cuarto con la chimenea. Antiguamente había servido de antesala para acceder al jardín de invierno, lleno de macetas y jardineras, regaderas y sillas plegables. El suelo era de piedra natural y tenía puertas correderas de cristal relativamente nuevas que daban a la terraza. Allí el enlosado era igual que el del interior. Las ramas del sauce llorón acariciaban las losas y ocultaban a la vista la escalera exterior y la puerta de entrada.

    Me senté en el sofá junto a la chimenea ennegrecida y miré hacia fuera. Del jardín de invierno no quedaba nada. Había sido una construcción transparente y tan elegante que desentonaba con la sólida casa de ladrillo. Nada sino vidrio sobre un esqueleto de acero. Tía Harriet lo había hecho desmontar hacía trece años. Después del accidente de Rosmarie. Solo las losas claras, que eran demasiado frágiles para el exterior, recordaban aquel anexo de cristal.

    De pronto me di cuenta de que no la quería. No quería aquella casa que, por otra parte, había dejado de ser una casa hacía mucho tiempo y no era más que un recuerdo, lo mismo que aquel jardín de invierno que ya no existía. Me levanté y abrí un poco las puertas correderas y noté que tenía las manos entumecidas, que todo olía a moho y a humedad. Cerré otra vez la puerta. La chimenea ennegrecida de humo despedía frío. Le diría al hermano de Mira que quería renunciar a la herencia. Tenía que salir de ahí. Salir y dirigirme a la esclusa, a orillas del río. Me puse rápidamente en pie, regresé al cobertizo y busqué entre los trastos una bicicleta que funcionara. Las más nuevas estaban todas en mal estado; solo la vieja bicicleta negra sin marchas de mi abuelo requería un simple inflado de ruedas.

    Sin embargo, no pude marcharme hasta hacer un largo y laberíntico recorrido por toda la casa cerrando algunas puertas desde dentro y con cerrojo antes de salir por otras que había que cerrar con llave desde el exterior, y fue así como, describiendo largos círculos, llegué finalmente al jardín.

    Bertha había sabido orientarse perfectamente en la casa. Cuando ya no pudo ni ir al molino sin perderse por el camino, sabía aún cómo llegar directamente al cuarto de baño partiendo del lavadero, incluso cuando una u otra de las puertas intermedias que se encontraban en su ruta estaban justamente cerradas con llave por el otro lado. Después de décadas allí, había acabado por asimilar la casa por completo y si se le hubiera hecho una autopsia seguramente se habría podido elaborar un mapa de la casa a partir de las circunvoluciones de su cerebro o a partir de su red de vasos sanguíneos. La cocina, en ese caso, habría sido el corazón.

    Las provisiones de la gasolinera estaban ya puestas en orden en la canasta que había encontrado sobre un armario de la cocina. Como el asa estaba rota, aseguré la canasta sobre el portaequipajes y empujé la bici atravesando el cobertizo hasta la puerta del jardín —todos la llamaban «de la cocina», no porque saliera de la cocina, sino porque solo era visible desde ahí—. Las ramas del sauce rozaron mi cabeza y el manillar. Pasé por la escalera exterior con la bici en la mano y rodeé la casa por la derecha, hundiéndome hasta los tobillos en la alfombra de nomeolvides. En uno de los ganchos que había junto a la puerta de entrada, había descubierto una llave plana de acero cromado y, como la única puerta nueva era la pequeña galvanizada de la entrada, pensé que había llegado el momento de probarla. La llave giró rápidamente alrededor de su eje y salí a la acera.

    Pasada la gasolinera, doblé a la izquierda y tomé el camino de la esclusa. Poco faltó para que derrapara en una curva con la pesada bicicleta de Hinnerk, pero recuperé el control justo a tiempo y pedaleé con más fuerza. Los resortes del sillín de cuero rechinaron alegremente cuando el asfalto comenzaba a agrietarse y se iba transformando en un sendero inseguro. Conocía bien ese camino que atravesaba en línea recta los prados donde pastaban las vacas. Conocía los abedules, los postes telefónicos y los vallados, aunque naturalmente había muchos nuevos. También me pareció reconocer cada una de aquellas vacas blanquinegras, pero eso era, evidentemente, absurdo. Sobre la bicicleta, el viento hinchaba mi vestido y, pese a que no tenía mangas, sentía el calor del sol que se abalanzaba sobre la tela negra. Por primera vez desde que estaba aquí, volvía a respirar libremente. El camino continuaba siempre recto, unas veces hacia abajo, otras veces hacia arriba. Cerré los ojos. Todas habíamos recorrido aquel sendero. Anna y Bertha en el carruaje, con vestidos blancos de muselina; mi madre, tía Inga y tía Harriet, en bicicletas de mujer Rixe, que eran tremendamente ruidosas, y Rosmarie, Mira y yo, sobre aquellas mismas bicis Rixe, cuyos asientos nos quedaban demasiado altos y nos obligaban a pedalear de pie la mayor parte del tiempo para no dislocarnos las caderas. Por nada del mundo habríamos regulado la altura de los sillines. Eso era cuestión de honor. Para ir en bici, llevábamos los viejos vestidos de Anna, Bertha, Christa, Inga y Harriet. El viento inflaba el tul azul celeste, hacía ondear la organza negra y el sol se reflejaba en el satén dorado. Usábamos pinzas de tender la ropa para sujetar nuestros vestidos a la altura adecuada a fin de que no quedaran atrapados en la cadena, y pedaleábamos descalzas hasta el río.

    Acababa de rozar una valla para vacas. No había que conducir demasiado tiempo con los ojos cerrados, ni siquiera en línea recta. Faltaba muy poco para llegar. Al fondo, podía ver la pasarela de madera sobre la esclusa. Llegué hasta allí y me detuve. Me agarré a la barandilla sin retirar los pies de los pedales. No había nadie. Dos veleros estaban amarrados en el muelle y se oía un ligero ruido metálico producido seguramente por el choque de algunas piezas contra los mástiles. Bajé de la bicicleta y la empujé hasta cruzar la pasarela. Retiré la canasta del portaequipajes, dejé la bici sobre la hierba y corrí cuesta abajo. Las pendientes no se internaban directamente en el agua, sino que formaban, a derecha e izquierda, estrechas riberas cubiertas de juncos. En el pasado extendíamos las toallas en los sitios libres de juncos, pero con el transcurso de los años la vegetación había invadido de tal forma las riberas que preferí sentarme sobre uno de los pontones.

    Mis pies colgaban en el agua marrón oscuro. ¡Qué blancos y extraños se veían! Para distraer la vista del espectáculo de mis pies en el río, intenté leer los nombres de los barcos. Uno de ellos se llamaba Sine, absurdo, eso no podía ser más que un fragmento, el resto de un nombre. No pude ver entero el nombre del otro barco porque estaba encarado hacia la otra orilla. Era algo terminado en «—the». Me tumbé de espaldas dejando mis extraños pies donde estaban. Olía a agua, hierba, moho y creolina.

    ¿Cuánto tiempo habría dormido? ¿Diez minutos? ¿Diez segundos? Tenía frío; retiré mis pies del agua y estiré el brazo hacia atrás, por encima de mi cabeza, para hacerme con la canasta, pero en vez del mimbre avejentado, mis dedos se encontraron con un zapato deportivo. Quise gritar, pero solo acerté a soltar un gemido. Al instante, rodé sobre mi vientre y me incorporé. Delante de mis ojos flotaban puntos plateados y un ruido sordo atravesó mi cabeza, como si la puerta de la esclusa se hubiera abierto junto a mí. El sol deslumbraba y el cielo era blanco, blanco. Debía evitar desmayarme; el pontón era muy estrecho, me ahogaría.

    —¡Dios mío! ¡Lo siento! Le ruego me disculpe, por favor.

    La voz me resultaba conocida. El zumbido se fue apagando. Ante mí estaba aquel joven abogado en ropa de tenis. Poco faltó para que vomitara de rabia. Era él, el retrasado del hermano menor de Mira; ¿cómo lo llamaba ella entonces?

    —¡Ah, el inútil!

    Me esforcé para que mi voz sonara relajada.

    —Sé que la he asustado y de verdad que lo lamento.

    Su voz se tranquilizó y percibí en ella una chispa de enfado. Bien, bien. Lo miré sin decir media palabra.

    —No la he estado siguiendo ni nada parecido. Siempre vengo aquí a bañarme. Bueno, primero juego al tenis, luego nado. A mi socio no le gusta venir al río, pero yo estoy siempre aquí, en el muelle. No la he visto hasta llegar aquí abajo y he visto que dormía. Estaba a punto de irme cuando se ha agarrado usted a mi zapatilla. Naturalmente, usted no sabía que se trataba de mi zapato pero, aunque lo hubiera sabido, tampoco se lo tendría en cuenta porque, al fin y al cabo, he sido yo quien la ha asustado, y ahora...

    —Válgame Dios, ¿es que siempre hablas así? ¿En el juzgado también? ¿De verdad tienes empleo fijo en ese bufete?

    El hermano de Mira se echó a reír.

    —Iris Berger. Para vosotras nunca fui más que un inútil y parece que eso no ha cambiado.

    —Sí, eso parece.

    Me incliné hacia delante y cogí mi cesta. A pesar de que el hermano de Mira tenía una risa simpática, seguía estando furiosa. Además, tenía hambre y quería estar sola, sin hablar. En cambio, él pretendía con toda seguridad hablar del testamento, de lo que yo quería hacer con la casa, del seguro que debía contratar y de todo aquello que me esperaba si aceptaba el testamento. No quería hablar más del tema, ni siquiera pensar. Cuando me incorporé con la cesta en la mano, preparando para mis adentros un inminente discurso de desprecio, cuál fue mi sorpresa al constatar que el hermano de Mira había subido ya casi la mitad de la cuesta. Avanzaba por la pendiente con paso decidido. Sonreí.

    El hombro derecho de su camiseta blanca estaba manchado de arena roja.

    Después del picnic volví a guardar mis cosas en la canasta y eché una última mirada al río, a la esclusa, a los barcos; el segundo se había girado un poco, pero seguía sin poder leer su nombre entero, solo algo terminado en «—ethe». Tal vez Margarethe. Ese era un buen nombre para un barco. Monté en la bici de Hinnerk y regresé a la casa. A mi casa. A casa. ¿Cómo sonaba aquello? Raro, incluso falso. El viento hacía volar en oleadas los tañidos de las campanas sobre los prados y no logré descifrar qué hora era... ¿La una? ¿Las dos de la tarde? Quizá un poco más. El sol, la comida, la rabia y el susto y ahora, encima, el viento en contra. Estaba agotada. Pasada la gasolinera giré a la derecha, subí a la acera y entré empujando la bici. No había cerrado la cancela con llave. Vadeé las nomeolvides y dejé la bici ante la puerta de la cocina. La gran llave me permitió entrar. Un ruido metálico, otro ruido metálico más y me encontré en el frescor del vestíbulo. La escalera crujió, la barandilla gimió, hacía un calor sofocante en el piso de arriba. Me tumbé sobre la cama de mi madre. ¿Cómo se explicaba que estuviera recién hecha? Tras el bordado inglés calado brillaba una almohada lila. El calado representaba unas flores. Huecos sobre la almohada. En el bordado inglés, lo importante es lo que no está. Todo su arte consiste en eso. Si hay demasiados agujeros, no queda nada salvo agujeros. Agujeros en la almohada, agujeros en la cabeza.

    Cuando me desperté, tenía la lengua pegada al paladar. Me dirigí tambaleándome hacia la puerta de la izquierda, a la habitación de tía Inga. Allí había un lavabo. El agua salobre de color marrón se obstinaba en caer de forma discontinua contra la pila blanca. Contemplé en el espejo el motivo que la almohada había impreso sobre mi mejilla, apenas unos círculos rojos. Poco a poco el agua comenzó a fluir más dócilmente hasta volverse transparente. Me rocié la cara, me quité la ropa empapada de sudor, vestido, sujetador, bragas, todo, y sentí el placer de quedarme desnuda en la habitación de tía Inga, con el linóleo frío y gris verdoso bajo los pies. Tía Inga era la única que no había tenido alfombra en su habitación; en la de mi madre, en la de mi bisabuela Käthe y, al fondo, en la de tía Harriet, el suelo estaba revestido de una moqueta de sisal de color marrón rojizo que picaba cuando uno caminaba descalzo sobre ella. En la gran habitación abuhardillada había esteras de fibra vegetal sobre la madera. La habitación de servicio, convertida desde hacía mucho tiempo en trastero, era la única en la que en el suelo se veían las tablas de madera asfixiadas bajo una espesa capa de pintura marrón. Esas ya no protestaban.

    Entré al gran desván y abrí el armario de nogal. Todos los vestidos seguían colgados allí dentro, algo menos radiantes que entonces, eso sí, pero inconfundibles. Estaba el tul ilusión que había llevado tía Harriet en su último baile y aquel otro, el dorado, que había estrenado mi madre el día de su pedida. Allí estaba también el vestido negro de seda que hacía frufrú, un vestido de tarde muy chic, de los años treinta, que había pertenecido a Bertha. Seguí revolviendo hasta dar con un vestido largo de seda verde bordado en el escote con lentejuelas que era de tía Inga. Me lo puse. Olía a polvo y lavanda, el dobladillo estaba deshecho y faltaban algunas lentejuelas, pero sentía el tacto fresco de la tela sobre mi pecho, mil veces más agradable que el del vestido negro con el que acababa de dormir. Además, nunca antes había permanecido tanto tiempo en la casa sin ponerme los vestidos encerrados en los viejos armarios, y me había sentido todo el día disfrazada con mi propia ropa. Luciendo el vestido de seda de tía Inga, regresé a su cuarto y me senté en la silla de mimbre. El sol de la tarde, que centelleaba a través de las copas de los árboles, sumergió la habitación en un baño de suave luz verde. Las estrías del linóleo parecían moverse como el agua, una ligera brisa se deslizaba por la ventana y yo tenía la sensación de mecerme en el fluir de un apacible río esmeralda.

  • El bolígrafo de gel verde

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